Cajón de sastre
15/11/2008 10:38 (-6 GTM)
Como los vemos a veces y sabemos que existen desde hace mucho nos parece de lo más normal que existan, por decir algo, los jueces.
De que la gente se dedica a las cosas más extrañas, ya no nos cabe duda. Lo primero que se pone a pensar uno cuando repara en ello es en los sepultureros y los empleados de pompas funerarias, que son oficios que a casi todos nos parecen no sólo raros sino macabros. Sin embargo, ese razonamiento está equivocado, pues como la muerte es de lo más natural y existe desde siempre, es de lo más normal que haya gente que se dedique justamente a tratar con muertos. Ese mismo razonamiento nos indica que también es de lo más razonable que existan parteras, médicos obstetras, verdugos y asesinos.
Como los vemos a veces y sabemos que existen desde hace mucho nos parece de lo más normal que existan, por decir algo, los jueces. Esos sí que hacen un trabajo raro. No sé a título de qué se ponen tras un sillón, unos con martillo y otros sin él, y dicen que un asesino es inocente y un pobre hombre culpable. Más raro que eso es un pájaro que recita a Mallarmé. ¡Y encima algunos usan peluca!
A mí muchos oficios y profesiones se me hacen extrañísimos. Entiendo que haya pescadores y ganaderos, cocineros y constructores de casa. No comprendo, en cambio, que existan abogados, banqueros, asesores fiscales, diseñadores de modas o diputados locales.
Que por razones igual de raras un grupo de gente obedezca a un sujeto que se dedica a gobernar, que además de antipático tiene el feo vicio de siempre tener la razón, no es prueba de que la gente se dedique a las cosas más extrañas, eso ya lo sabemos, sino que comprueba que, además de ser una especie muy anómala, somos todos muy tontos.
¿Por qué se dedica usted a lo que se dedica? Me pregunto eso cuando veo a un tipo diciendo sandeces en la televisión y me digo que a mí me daría vergüenza. Como sea hay que entender que hacemos lo que hacemos por muchas cosas: para evitar morirnos de hambre, por tradición, por herencia, porque desde niños apuntábamos a que acabaríamos haciendo el ridículo en la vida. Y cuando hablo del tipo que dice tonterías en la televisión no lo hago con saña sino con pena. Yo mismo, hay que verlo, me dedico a escribir las cosas que se me ocurren. Lo extraño es que me paguen, no mucho, pero así me libro de la inanición que nos persigue a todos desde los tiempos remotos del prudente padre Adán y nuestra inteligente madre Eva.
A mí, si no me hubiera dado por esto de escribir, me hubiera gustado ser de los señores que hacen crucigramas. Desafortunadamente son seres más bien solitarios, poco dados a la fama y más bien pocos. Seguro por eso es que no conozco a ninguno y no se si suelen tener apariencia de poetas o de mamarrachos, si suelen ser jóvenes o viejos, si les pagan una miseria o ganan una fortuna.
Supongo que deben trabajar en talleres bien iluminados y aislados del mundanal ruido. Sí, hacer un crucigrama no debe ser nada fácil. Me los imagino talentosos e inteligentes; si fueran brutos no estarían haciendo crucigramas sino escribiendo leyes en las diputaciones. También me los figuro en su taller, con un bloc de hojas cuadriculadas y con sus cajones bien ordenados, llenos de fichas y con rótulos que indican donde está el cajón de los departamentos del sur de Paraguay, el de las deidades etruscas, los ríos y los cantones de Suiza, los nombres de los presidentes de Mongolia. El cajón más interesante es donde guardan las siglas de organismos internacionales que no existen: La Asociación Riojana de Claustrofóbicos Militantes (la ARCM), la Unión de Benefactores de la Opera de Tlalnepantla (la UBOT) o la Conferencia Internacional de Exportadores de Vainilla (la CIEV), entre otras miles más.
Es raro pero ha de ser lindo.
Agustín Lascazas