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El Atlas
19/03/2017 20:55 (-6 GTM)
Primero, como en la mentada Wikipedia, hay que hacer lo que ellos llaman desambiguación. No voy a hablar del Atlas de Guadalajara, ni del Atlas o Atlante, el titán ese que Zeus condenó a cargar el cielo en sus lomos; voy en cambio a hablar del Atlas de la Encyclopaedia Britannica, que tengo en casa.
Luego ya me encargo yo de irme por las ramas.
Ese Atlas, un ejemplar que carga ya sus treinta y tantos, lo compré yo, allá a finales de los años setentas –del siglo pasado, obvio-, en la desaparecida Librería de Cristal que estuvo muchos años en Madero.
Que la compré yo es un decir. Efectivamente fui yo a la librería, la tomé de la estantería y la pagué, aunque era de mi abuelo Emilio, que fue quien me dio el dinero. Regresé con ella a la casa de la calle de Grecia, se la entregué y encargo cumplido. Él la colocó en su librero, de donde tomó su Atlas más viejo y me lo entregó. Muchos años más tarde, a su muerte, fue parte de la pequeña herencia que me dejó: su reloj, dos libros de Papini (de cuando todavía era ateo) y este librote.
Es una antigualla y para fines de consulta sirve para dos cosas.
Está, lo veo ahora, impreso en Estados Unidos y es fruto, dice un breve prefacio, de la colaboración de la Encyclopaedia y la Rand McNally & Company, que me estoy enterando, casi cuarenta años después, “una de las empresas de edición cartográfica del mundo”.
Sirve para dos cosas y una de ellas no es ver cómo es el mundo. No lo es porque el mundo ahora ya no es como en mil novecientos setenta y tantos. De hecho en esos años nadie se iba a imaginar que un día dejarían de existir como tales naciones como la URSS, Yugoslavia o Checoslovaquia, que Zaire se cambiaría de nombre, que Belice lograría la independencia del Reino Unido, que un día existiría un país que se llama Kosovo, que Ceilán cambiaría de nombre, o que de Rodesia resultarían dos países: Zambia y Zimbawe.
Justo para eso la rescaté, de la zona donde tenemos los libros de gran tamaño, debajo de un libro con carteles de propaganda maoísta y de un catálogo de la exposición Avant Garde, del Arts Institute de Chicago y otros libros de tamaño descomunal, para enseñarle al zarévich, cómo era Yugoslavia antes de ser desmembrada.
Luego nos entretuvimos viendo mapas, ya también caducos, de grandes ciudades como Berlín (dividida en dos en el mapa), Viena, Budapest, Leningrado (que ya no se llama así) y Moscú.
Mi abuelo, le contaba, viajaba así: leyendo libros de viajes y viendo mapas.
Aunque su vida no estuvo exenta de peripecias de novela, no fue el abuelo Emilio un hombre de fortuna, para saciar esas ansias que tuvo siempre de mundo. Hablaba de ciudades lejanas, de capitales y sus ríos, de barriadas singulares en capitales de países lejanos, sin haber visto otra cosa que mapas y estampas.
Contaba, hace muchos años, mi tío Ramoncito Morales, de alguien que conocía todos los rincones, las plazas y las callejuelas de Madrid, sin haber nunca cruzado el charco. Pues don Emilio, mi abuelo, era de esos.
No es aquí el momento de hablar de la, real o ficticia, supremacía del libro. Supongo que eso de leer sobre ciudades, ver mapas actuales y hasta navegar por cualquier ciudad del mundo, es ahora más fácil por medio de la Internet y gracias a instrumentos prodigiosos como los satélites y programas como los de Google Maps, que incluso permiten callejear por casi cualquier asentamiento humano en el mundo.
Lo supongo, aunque sé que aunque las herramientas para hacerlo están allí y además son gratis, la gente suele usar la red, para cosas bien distintas, por no hablar de que viajar (ser viajado, otra vez), ahora es mucho más fácil y más barato que en tiempos en que existía la llamada jet set.
Yo mismo, en estas últimas semanas, me estoy dando un atracón de Noruega y Suecia, que son dos países que no conozco; dos países que no conozco y que nunca me interesó mucho conocer, hasta que me cayeron en las manos los libros de los que les conté en mis dos artículos anteriores.
En lo personal siento más auténtica la emoción de caminar por Estocolmo, cuando lo leo, que viendo el callejero de Google Street, pero yo soy otra antigualla, más viejo que mi Atlas.
Cuando le cuento al zarévich estas cosas, para luego ver que agarra su teléfono móvil y se sume en las profundidades de la pantalla, me siento como cuando los viejitos de antes le contaban a sus nietos, que en tiempos del Imperio Austro-Húngaro, en la Galitzia de los austríacos, había… y bla bla bla.



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