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Leer o ser leído
14/03/2017 21:17 (-6 GTM)
Hace no mucho, estaba hojeando la compilación de Uzcanga Meinecke, sobre los artículos de cuarenta y tantos escritores de lengua alemana, todos famosos (Heine, Thomas Mann, Walser, Karl Krauss, Hesse, et ali; perdónenme el latinajo, se me salió del alma), cuando me encontré uno de Zweig que se titula “Viajar o ser viajado”, que es un profético alegato contra el turismo moderno, las plagas de visitantes que asolan las ciudades y, también, ese engorro de las agencias de viajes, los viajes organizados y etcétera.
Dando por hecho que no es lo mismo jorobar, que ser jorobado (como tampoco lo es, como dijo el tribuno, estar dormido que estar durmiendo), hago una pirueta mental para citar al buen Perogrullo, por aquello de que no es lo mismo leer que ser leído.
Apenas hace unos días, cuando hablaba de la presentación del libro Alejandro Sandoval, de mis –pocos- amigos poetas, deslicé por allí que tenía tiempo que me cuidaba, y mucho, de no dejarme dictar nada por la Voz, que es lo mismo que decir que me siento, si no retirado, sí lejano de la poesía. Por lo menos en estos tiempos.
Recibí una nota afectuosa de Eudoro. Al finalizar, a manera de post scriptum –hoy andamos con el latín en la punta de los dedos-, me invitaba a no mantenerme muy lejos de la poesía. Mutatis mutandis –y esto ya se está volviendo chocante-, decía algo como “quien abandona la poseía, luego es abandonado por ella”. Dicho de manera menos elegante: se vuelve uno un prosaico.
Pero aquí, como todo mundo que se dedica a estas cosas, me declaro más cómodo leyendo, que leído. Leer es un placer y escribir suele ser un martirio.
Hace unos días, en carta desde Celaya, me llegó una petición inusual de un desconocido. Me explicaba que había intentado, en vano, conseguir un par de ejemplares de mi penúltimo libro en ESN, donde al parecer se agotó la edición. Para mi extrañeza parece que ya no hay más existencias de la obra esa. Lo comprobé yo mismo. En la Internet di con que el libro era ofertado por un par de librerías que lo ofrecen para su venta electrónica. Al pulsar el título (Anochece el mundo), se despliega el mensaje: “Producto agotado”.
Librerías como El Sótano lo ofrecían en el muy módico precio de 88 pesos, en este caso con 20 por ciento de descuento.
El Fondo también lo tiene –o lo tenía- para su venta en su portal electrónico. Ellos lo ofrecen en 110 de los del águila, pero la leyenda allí “El libro no cuenta con existencias” (¿?), una leyenda un tanto extraña, cuando se trata más bien de un libro fantasmal y, por lo visto, desaparecido.
Supongo que en las bodegas del ICA se pudren algunos ejemplares. Lo supongo, aunque no me pienso tomar la molestia de ir a averiguarlo. Como sea un amigo librero tenía dos ejemplares llenos de polvo, que son los que voy a mandar a mi corresponsal de Celaya, que dice que quiere compartirlo con “un par de camaradas”. La vanidad me invita a pensar que lo leyó y hasta le gustó, aunque la prudencia me lleva a no dejarme llevar por ensoñaciones.
Yo mismo no conservo ya ningún ejemplar. Este es un asunto que no me apura y no me quita el sueño. Tengo yo ya suficientes motivos para no dormir, como para sumarle a mi cabeza otra cuita.
Me apura más, y esto me está causando ya leves crisis de ansiedad, pensar en qué voy a hacer cuando termine el libro de Knausgaard, una vez que me entero que la quinta parte de su obra monumental todavía no ha sido anunciado; aunque espero que esté traducido y en las prensas, no he visto noticias sobre su aparición.
Anagrama editó cuatro de las seis partes, de esta novela de 3 mil 600 páginas, en castellano; Archipiélago Books, tiene cinco de los seis ya publicados. El quinto, que no existe en nuestro idioma, lleva el subtítulo de “Some rain must fall” y no sé nada más.
La obra completa, escrita en noruego, causó ya antes de su aparición un escándalo no menor, por dos causas. El primero por el título. El nombre de toda la obra es Mi lucha, Min Kamp en esa lengua, que se parece demasiado al Mein Kampf de Hitler; pero el escándalo mayor fue aquel del intento de la familia paterna de Karl Ove de que la obra no se publicara, tras lo cual la primera esposa del escritor montó una buena en los medios noruegos por sentirse difamada.
Yo lo voy leyendo en completo desorden.
Ya tentado a entrar en ese universo y embarcarme en la lectura de miles de páginas –la última vez que lo hice fue con Bolaño, aunque el 2666 apenas supera las mil 100 páginas-, no me acababa de decidir al ver que el libro que solía encontrar en las librerías de por acá era “La isla de la infancia”.
Cuando me encontré “Bailando en la oscuridad” decidí probar por allí. Me enganché de mala manera. Este es el cuarto de los cuatro que están editados acá; luego seguí con el primero “La muerte del padre”, el primer tomo, quizás el que más me gustó. A la manera de una Rayuela gigantesca, el desorden que seguí es: cuarta parte, primera, segunda y ahora la tercera.
Ahora mismo llevo poco más de la mitad de la “Isla…”, que resultó también fascinante, ya metido en ese mundo. Mucho habrá qué decir –y no sé si seré yo el que lo diga- sobre la obra, que por razones obvias sólo conozco parcialmente. Por lo pronto ahora trato de no apurar el ritmo de lectura. Luego me va a pasar como a la señora de las empanadas: ¿Y qué voy a leer luego?
A manera de colofón: Mi lucha de Knausgaard vendió medio millón de copias en Noruega, un país de 5 millones de habitantes: un libro por cada diez noruegos; entiendo que ha sido traducido a 22 lenguas. No voy a hacerme el harakiri hablando de mi obra, los tirajes y muchos menos de las ventas, Por eso: mejor leer.



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