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La noche de las iguanas-ranas
12/03/2017 20:49 (-6 GTM)
Hace un par de semanas, llegué sobre las siete ante la puerta del Museo Escárcega. Iba, según, yo a la presentación de un libro. Me sorprendió ver que allí no había un alma y que la puerta estaba cerrada.
No sé bien por qué demonios pensaba yo que la cita era esa noche a y a esa hora. Consulté mis correos y mis redes, donde había recibido la invitación, para comprobar que alguna extraña operación de mi confusa cabeza había operado el error: el evento estaba programado sí para un jueves y sí para las 19 horas, pero dos semanas después.
Le escribí, ya de regreso a casa, un mensaje a Alejandro Sandoval, el autor del libro que se presentaba. Le comentaba de mi error y quedamos en vernos allí dos semanas después. ¿Irás? Me preguntó mi querido poeta y le dije que claro; que si había ido a la presentación que me inventé, pues que diera por hecho que estaría allí en la de verdad.
Por razones que no vienen a cuento, o sí pero en las que no pienso abundar, acudo poco a estos rituales de nuestra gente de la cultura, sea quien sea la gente de la cultura. Por razones similares, y en las que tampoco me pienso detener mucho, no me aparezco a nada que tenga que ver con el Instituto Cultural. No me aparezco a menos que sea indispensable.
Año con año, por ejemplo, acudo un par de veces a los conciertos del zarévich que se organizan, a veces en la Casa de la Locura y a veces en la escuela de música Manuel M. Ponce.
Hace apenas unos meses, en octubre del año pasado, estuve por un asunto de estricta amistad, en otra presentación en la Feria del Libro, allí en la casona de Carranza. Eudoro Fonseca presentaba su último libro y tuvo el gesto de pedirme que lo presentara. Por lo demás, lo lamento, me presenté en ese evento en el estado perfecto en el que un poeta debe acudir a tales citas: fuera de mis cabales.
Por lo demás los nuevos mandarines del ICA garantizan que pasarán otros seis años sin que tenga nada que hacer allí, para sumar ya cuatro sexenios en que allí no pinto nada; para descanso de mis amigos y para la tranquilidad de los que no lo son –sin que eso signifique que son mis enemigos; es estos los escojo yo y lo hago con altura de miras.
Lo de Alejandro, como fue el caso de Eudoro, es distinto: son mis amigos y lo son muy queridos. Alejandro, por otra parte ha sido en extremo generoso conmigo y ha sido un invaluable apoyo para mi obra, como en su día lo fue don Víctor, su padre, recientemente desaparecido.
Yo conocía una versión anterior que la dio a la luz la prensa. Se trata de un libro con un sedimento de rabia y orfandad que tiene varios dones; el primerísimo, el de la madurez conseguida; el segundo, no menos importante, el de una brutal honestidad. Sin duda, como coincido con Marianne Toussaint, la esposa de Alejandro, gran poeta, promotora y también un apoyo de mucha valía para mí, se trata del mejor libro de Alejandro.
Me gustó que el lugar elegido para la presentación fuera el Museo Escárcega, esa ingente y amorosa iniciativa de Eduardo Escárcega, que se ha jugado el tipo para montar su museo y para mostrar que existe una vía mejor para promover la cultura, una que pasa muy lejos de los despachos de los burócratas culturales y se coloca en los márgenes donde los politicuchos de turno no pueden imponer sus caprichos.
Y allí estábamos. Ahora al llegar sí que las puertas estaban abiertas y allí me encontré a varios poetas que yo admiro y aprecio: Alejandro y Marianne, por supuesto, mi querida Patricia Ortiz, Fabián Muñoz, Sofía Ramírez, Arlette...
Ellos perseveran en esos desgarros de la poesía, de la que yo me encuentro, tal vez para siempre, alejado; de vez en vez esa voz (La Voz), me dicta algunos versos, pero he tenido buen cuidado de no dejarme llevar por la tentación de tomar el dictado. En cambio dedico varias horas a la semana, un promedio de diez, para seguir escribiendo versiones, borradores de novelas que, para mi bien, nadie ha querido publicar. Sobra decir que tampoco es que me invada ningún entusiasmo en mandar material mío a los editoriales; incluso algún editor me pidió hace ya muchos meses algo de ese material, pero me invade la pereza a la hora de organizar el envío.
La presentación fue emocionante. Hablaron allí Sofía, Fabián y Patricia; al final, como correspondía, Alejandro leyó emocionado ese libro emocionante y tan personal, al que no es difícil ponerle nombres, apellidos, gestos, ademanes, rostros doblados por una mueca. Es un libro doloroso y certero.
Al final una pequeña expedición nos fuimos a un negocio de esos de Madero, para hablar del libro, de poetas, de las miserias humanas de algunos famosos. Cenamos, bebimos –yo unos mezcales proverbiales- y a la media noche, pues allí había muchos poetas, pero se trata ya de poetas con algunos años encima, nos fuimos cada uno para su casa. Yo prolongué el encuentro llevando a Alejandro y Marianne a su hotel, en cuya puerta quedamos para la próxima.
Espero verles pronto. Siempre que ando por la capital nos procuramos un rato para vernos. En cambio espero que pase mucho tiempo antes de que se me ocurra estar en otra presentación. Una cada año es suficiente y si la ocasión es afortunada, como el jueves, pues ya es demasiado.



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