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El algoritmo
10/01/2017 20:35 (-6 GTM)
Parafraseando a mister Clinton: es el algoritmo, estúpido.
Primero y antes que nada, la importancia de la coma; pues no es lo mismo el algoritmo estúpido, que la madre de Charles Boy. ¿Estamos?
Luego: nadie se sienta ofendido. Estoy parafraseando a Clinton, a propósito de la frase (“es la economía, estúpido”), que muchos atribuyen a James Carville, estratega de campaña de aquel, y que se convirtió, de facto, en el lema de campaña que lo llevó a la Casa Blanca en 1992, contra George Bush padre.
El primer algoritmo que conocemos es el de Euclides. Corrijo: el primer algoritmo que yo conozco es el de Euclides. Lo demás es que reconocer que yo de algoritmos tampoco es que entienda mucho.
Al respecto sé, y poca cosa más, que un algoritmo es un conjunto de operaciones ordenadas, sistemáticas y que sirven para hacer un cálculo para encontrar la solución de un problema. La RAE lo resume: conjunto ordenado y finito (¿De Córdoba?) de operaciones que permite hallar la solución de un problema.
El asunto es que ahora con esto de los algoritmos se obran maravillas… Y así nos va a ir.
Remitiéndonos a los Elementos de Euclides, recuerdo que un día –estudiaba yo el bachillerato en ciencias matemáticas; ¿para qué?: no tengo la menor idea-, nos fue dictado por un profesor de ojos soñadores. Según recuerdo sirve para calcular el “máximo común divisor”, aunque he olvidado qué diablos es eso de “máximo común divisor” e ignoro para qué demonios querría yo saber calcular tal cosa.
Pero ahora el futuro, según voy leyendo e intentando comprender, está en el algoritmo.
Por ejemplo los señores de Google encontraron, hace ya años de esto, un algoritmo que es el que sirve para hacer las búsquedas en la Internet y con ello lograron algo así como la fórmula moderna de la Coca Cola; con su inventito han logrado millones de dólares a patadas. Según los últimos datos Alphabet, la empresa propietaria del buscador vale en el mercado 420 mil millones de dólares y es la más valiosa del mundo.
Para poner un ejemplo vernáculo, digamos que el señor Javier Duarte encontró el algoritmo para carrancearse algo así como treinta y tantos miles de millones de pesos en Veracruz. Como sea esto es una nadería, pues estamos hablando de unos 180 millones de dólares: una bicoca si lo comparamos con el valor de Google –y una barbaridad si lo comprobamos con mi salario.
Pero el asunto es que ahora se están creando algoritmos para casi todo (todavía no encuentran uno para combatir la corrupción en este país, pero esperemos que sea cierto que todo se andará) y se están creando máquinas de solucionar hartos problemas, desde lavar la vajilla de la abuela hasta para componer sinfonías.
Así las cosas se llegó el terrible momento de pensar en que, en un futuro cada vez menos lejano (y perdón por el lítote), esas máquinas: los robots, no es que vayan a dominar el mundo –que lo harán-, pero nos van a dejar sin chamba.
Podemos decir que los robots –que ahora ya arman coches, diseñan textiles y barren la casa-, son aprendices de sus trabajos, a la manera del señor Videgaray; el asunto es que con el algoritmo correcto, ellos sí van a aprender lo mismo a dibujar un paisaje, componer una cumbia barranqueña, ensamblar cualquier cosa ensamblable, atender en el mostrador de un hotel (en Japón de hecho ya hay robots recepcionistas), conducir un taxi y hasta componer un poema.
Gabriel Zaid planteaba este problema, el de que una máquina compusiera poemas, en Los demasiados libros, aunque allí planteaba la posibilidad de que una computadora –que mezclara sustantivos y adjetivos- pudiera hacer creaciones automatistas, como lo hicieron en su día los poetas surrealistas, o como lo hiciera antes Yeats (valiéndose de la Guija).
Pero Zaid, que era optimista al respecto: una máquina no iba a sustituir a un Picabia o a un Tristan Tzara, escribió esto en 1972 y le falló al tiro (igual que a McLuhan). Ahora veo que en la Internet ya hay “rimadores automáticos”, que con algoritmos hechos para la ocasión le sacan a cualquier aspirante a Juan de Dios Peza su poema “para regalar a la persona amada”.
En diseloconpoesia.es que se anuncia como “el primer generador automático de poesía”, hice un experimento. Llena uno un formulario. Cómo se llama la persona amada: Eufemia; Qué es lo que más te gusta de ella: las orejas; Le escribes para: pedirle disculpas; ¿Quieres referir un lugar especial o una canción?: Sí, un lugar. Qué lugar: el laboratorio. Manda uno el formulario, acepta las condiciones de privacidad y pone uno un correo electrónico (que luego nos llenarás de basura) y llega el poema.
A vuelta de correo me llega un “poema”. El mío no tiene desperdicio. Se llama “El camino de vuelta al laboratorio” (Se los juro por mi tía Geometría Lascazuelas). Pongo tres versos y ustedes imaginen el resto:
Eufemia, quisiera entrar en ti para quedarme
Adivinando quizás tu rostro con estos labios
Y acariciar esas orejas…
Luego la página tiene una leyenda: el poema lo ha hecho un “cyber-poeta”; la inteligencia artificial todavía deja mucho qué desear, blablablá… Luego dicen que si quiero algo mejorcito ellos “tienen poetas de carne y hueso” y ofrecen un poema más logradito: Poema corto: 20 euros; Poema largo, 40.
El asunto es que, tarde que temprano, estos robots y estos algoritmos nos van a dejar sin trabajo, que es a donde quería yo llegar. Pero como yo cobro por líneas (soy un escribidor de carne y hueso; más hueso que carne), aquí lo dejamos y seguimos con esta pesadilla de los algoritmos en la entrega siguiente.



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Mostró sus mejores pasos de baile tras darse cuenta que lo grababa un helicóptero de televisión