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Del tren se escucha el silbato
30/04/2012 10:14 (-6 GTM)
A las cinco de la maana todos los gatos son pardos, o casi. Como sea hay gatos ms pardos que otros. La autova a Casteldefels es la misma que conduce al aeropuerto de El Prat. Los bordes oscuros de los cerros y del otro lado la nada inmensa del mar. Un viejo camino que he hecho tantas veces y me causa una extraa opresin en el pecho. Como un suspiro han pasado los das y me doy cuenta que, en efecto, envejezco. Me viene un recuerdo, el de la primera vez que tom un avin desde Barcelona para ir a Mxico. Recuerdo que era una maana de agosto, que el taxista era un tipo delgado, joven, jovial, uno que me ofreci un cigarrillo y dijo: yo paso de las prohibiciones. Era una madrugada de agosto de 1997 y yo iba a pasar un par de meses a casa de mis padres y a cumplir trmites vitales; por el Carrer de Aragn la ciudad despertaba en perfecta sincrona.
Pero han pasado ya, eso, 15 aos y es hora de dejar a esa ciudad que por verdaderos golpes de azar se hizo mi casa y se me meti en el alma. En el trayecto intento ver lo que me espera, pero es en vano, pues slo hay oscuridad en derredor. Como sea todo transcurre en orden: el aeropuerto tiene ya su trajn. Viajeros, turistas, viajantes: despedidas en las puertas, en las escalinatas, en las barreras que dan entrada al rea de las revisiones de seguridad. Apretones de manos, abrazos, besos, sonrisas y llanto.
El vuelo es narctico y Pars est gris. Pars es gris: elegante, majestuoso, monumental; lo que quieran, pero gris. Como un vagabundo, camino por calles reconocibles y consumo las ltimas horas de mi viaje. Lo cierto es que Pars no era una fiesta ese da. En los quioscos los ecos de la derrota de Sarkozy y el malhumor de toda la vida en la cara de los parisinos que son, todos, como la ta rica y agria que todos tuvimos de pequeos.
Y heme aqu de nuevo entre maletas, controles de seguridad y anuncios en magnetofona: es el da de volver. Los aeropuertos monumentales estos son pequeas ciudades donde se confunden las esperanzas y melancolas de los que viajen, con la rutina de los que all trabajan: personal de las aerolneas, comerciantes, dependientas perfumadas, espas, aeromozas en tropel...
En un saln casi desierto encuentro un apartado que da a un sector de las plataformas de abordaje. Sigue lloviendo. De los brazos acristalados que salen de estos edificios pulpos, las terminales prean de viajeros a los aviones que son bestias torvas de mirada felina. Un avin de Aeroflot se desprende y lento vira antes de dirigirse a las pistas y de all, supongo, a Mosc. No es uno de esos viejos Tupolev en que yo hice hace muchos aos mi vuelo a la ahora capital rusa, sino un Aiorbus de reciente manufactura. Pasa lento junto a varios aviones de la Airfrance, miniaturizados por uno de esos gigantones de dos pisos completos.
Yo aprovecho la soledad de mi mirador para hacer este artculo con las imgenes frescas. Un trabajador de la Airfrance viene a colocar una cadenilla y cerrar el acceso al saln donde me encuentro. Se sorprende al verme aqu en soledad. Me dice que est cerrando el acceso a esa zona pero que puedo quedarme. Le digo que estar aqu a lo sumo media hora y, una extraeza, me dice amablemente que me quede el tiempo que quiera. Sobre un par de sillones he dejado mi bolsa negra de viaje, una cazadora verde y frente a una mesilla una botella de agua y una taza de caf.
Debajo, en una galera por donde corren las gotas de lluvia, veo a esos desconocidos: gente de todas las cataduras y todas las nacionalidades. Babel en estado puro. Ateos, cristianos, musulmanes, budistas sintoistas; asiticos, americanos, europeos; viejos, nios, jvenes, mujeres y hombres. Destinos misteriosos unidos dentro de este edificio monstruoso, slo por cuestiones de las complejidades del trfico areo. Ricos, clasemedieros, pobres. Gente que va de viaje o va a despedirse de su madre agonizante; negociantes, ministros, polticos, sacerdotisas de cultos secretos, estudiantes. Cada vida es un libro y esta es la Biblioteca de Babilonia.
Yo hago el recuento de sensaciones vividas: el perro amenazante que me ladraba en las afueras de Calaceite; el comedor oscuro del restaurante de la Fresneda; la cocina familiar donde hago caf en Castell; los viajes de madrugada en tren, para caminar por Pau Claris todava desierto y llegar al gimnasio Dir de la calle Casp; los elegantes comedores de Calvet; el Euromed que sale de un tnel y regala el mar; las torres de la vieja muralla de Valencia y la cpula azul de Bellas Artes, al fondo del lecho seco y arbolado de los Jardines del Real; la barbacoa en la tambin familiar terraza de Juanqui; la tristeza infinita de una ciudad derrotada; Besal y su puente medieval construdo ayer, la reconquista de Espaa y la pretendida independencia de Catalunya.
Doy un ltimo sorbo a mi caf. Faltan pocos minutos para las doce. En breve darn el aviso para abordar. Tengo justo el tiempo para guardar este cacharro, ponerme la cazadora, colgarme la bolsa y acercarme a la puerta de embarque. Quedan delante doce horas de vuelo, el siempre chocante momento en que Mxico recibe a sus hijos mostrndole los dientes de madre-vampiro, el ltimo tramo areo y el trayecto a casa.
Todo se ha de andar, dicen.



Agustn Lascazas
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Increble robo de una vaca