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El fin de los apuros (tercera parte)
12/01/2012 09:26 (-6 GTM)
Casualmente el domingo me enteré de la fecha exacta del fin del mundo. Una revista de circulación internacional señala, al respecto de la supuesta histeria del fin del mundo (en verdad yo no veo a la gente muy apurada, que digamos), que hasta la NASA ha tenido que pronunciarse para negar las predicciones. Según ese artículo el 21 de diciembre de este año, ya más bien entrada la noche, a todos los que habitamos en este planeta devaluado y según eso sobrecalentado (¿qué no sienten el tremendo frío?), nos va a llevar a una señora que le dicen, sabe el cielo la causa, la Fregada.
Ya en la predicción que estoy comentando decía que cualquier cantidad de personas, si tienen con queso, están construyendo bunkers subterráneos, acopiando latería importada (mejillones, angulas, foie, leche condensada...), mientras que muchos, igual de previsores pero más modestos, están comprando «cápsulas del tiempo»: unas cajas de acero, supuestamente inviolables, para dejar dentro testimonios -grabaciones, fotografías, poemas cursis, objetos personales varios-, para dejar constancia de que pasaron por este mundo matraca, dando por supuesto que en el mañana otra raza, menos perniciosa, vendrá a habitar este planeta. Lo que dudo es que esa hipotética nueva humanidad se interese por nuestras tonterías.
Evidentemente todo esto lleva un germen de contradicción. ¿Se va a acabar el mundo o no? Si la respuesta es afirmativa, está de más andarse con payasadas y gastarse una fortuna en construir refugios. Si lo que viene es esa tan cacareada transformación y el viaje a la quinta dimensión, supongo que también está de más buscar refugio o tratar de testimoniar nuestro paso por esta tierra. Por lo demás, medito, ¿a alguien del futuro le importará una imagen donde salgo yo comiendo con mis tías Consuelito y Manutención?
Luego está eso de la quinta dimensión, que a mi me suena a nombre de marisquería rascuache o a grupo musical hispanoargentino, no de mucho talento. ¿Qué es eso? Alguien que supone que me estoy burlando de las predicciones me dice: lo que pasa es que eres un descreído y no entiendes que la quinta dimensión es el cielo. Primera noticia, pero no suena muy halagador despertarse en un lugar donde, para empezar, no puede uno gozar de un buen juego del Real Madrid, de un café excepcional o de un buen plato de chilaquiles picositos.
Pero como sea, lo que yo crea o no, está al margen de estas líneas, pues aquí se trata de un asunto más grave, que es del fin de la humanidad.
Y a quienes piensen que me estoy burlando de tan capital tema, debo decirles que se equivocan, pues yo suelo ser muy respetuoso con todo ese tipo de tonterías. Peor -o mejor, según se mire- lo están tomando, me entero en ese reportaje que leí el domingo, las autoridades de los estados del sureste mexicano. Leo, por ejemplo, que los morbosos que quieren pasarse el fin del mundo en la Ribiera Maya, duplicarán o triplicarán la cifra de turistas habituales para esas fechas y en esa zona; también me entero que se instalará -o ya se instaló- un reloj monumental donde correrá la cuenta progresiva para el fin de nuestra especie, no sé en que parte de la Península.
Contando con que eso traerá turistas y divisas, pues bienvenidas esas iniciativas, por macabras que parezcan. Total si se acaba el mundo, lo mismo da que lo agarren a uno en el salón de su casa tejiendo centros de mesa con ganchillo, que en una playa de Qunintana Roo. Aquí el riesgo es que nos pase con ese reloj monumental lo de la famosa estela del Bicentenario y la obra la completen por allí del 2015, en el supuesto de que no se termine esto, claro.
Y comienzo a aterrizar mis conclusiones, so riesgo de que yo también alargue la obra, amañe contratos y hasta me embolse un dinero ajeno, como los de la estela esa que es el orgullo de Calderón. El asunto es que los que sobrevivan a los terribles acontecimientos que se vienen, si es que se vienen, se van a la quinta dimensión. Sin tener la menor idea de que sea ese lugar, o ese estado (que como sea no es Tamaulipas, ni Michoacán), pensemos que es cierto que es un lugar reservado para los prevenidos que se llevaron a casa cuanta vela y veladora encontraron (yo por si acaso tengo a un primo, el famoso traidor, que es apodado el Cirio Pascual e igual sirve en caso de que me decida a encenderlo); tivieron para comprar latería varia y consiguieron tener fe. ¿Fe en qué? Pues vaya usted a saber, la profecía que a mi me llegó sólo dice que hay que tenerla. Supongo que en los mayas, en el futuro de la humanidad, en que un día vamos a tener en este país un presidente decente, en los secretos de Fátima... ¡qué voy a saber yo!
Aquí es donde ya entro yo y digo que, como profecía catastrófica y apocalíptica, me gusta más la del fin del mundo a secas. Señales tremebundas, luces en el cielo, trompetazos a todo meter y luego: ¡capum!
Es mucho más tranquilizador, pues luego anda uno con que sí es cierto que nos toca quedar fundidos como queso Oaxaca, o que si se va ir uno al quinto cielo... Incertidumbres que no ayudan para nada y esperanzas que alientan inquietudes: mejor que todo se achicharre y aquí paz y después gloria.
En lo que a mí respecta eso sería el final de los apuros y con ello la tranquilidad eterna. Busco en vano señales fiables en el Apocalipsis -y lo que me he sacado, en cambio son unas noches de hartas pesadillas-, para saber si esta vez va en serio. Por más que hago acomodos mentales no encuentro nada de los mayas en el texto de Juan. Y es que las profecías antiguas tienen ese defecto: son tan ambiguas que ya se ve que pasa cuando algún vivo quiere ponerles fecha: queda en ridículo.
Y ya vamos llegando a Pénjamo, pero será en la próxima, pues me parece que espacio no me queda mucho; como sea de aquí a diciembre todavía hay tiempo: San Valentín, feria, día de la madre...
La última y nos vamos.


Agustín Lascazas
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Increíble robo de una vaca