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Mentiras impías
29/12/2011 09:17 (-6 GTM)
A los niños siempre hay que decirles la verdad... Así comienza una célebre pieza de Les Luthies («La gallina dijo Eureka»), que seguro debe resultarles conocida a algunos de ustedes. A los que no, pues no.
Cuento esto con una imagen de fondo: frente a la ría de Huelva, en Punta Umbría, el poeta Uberto Stabile, cuenta lo pernicioso que es decirles a los niños que nunca mientan y luego partirles la crisma el día que (anda Josefio, dime la verdad: ¿tu rompiste los muñequitos de lladró?), confiados, confiesan alguna travesura o se atreven a ser sinceros en momentos donde lo oportuno es inventarse una gorda.
No voy a hacer un elogio de la mentira, ni siquiera de la mentira piadosa, pues soy de los tontos que se creyeron lo de hablar siempre con la verdad (lo que no obsta para que yo mienta cuando me siento acorralado y haya escrito libros completos que, a decir de Platón, pueden considerarse perniciosos pues están hilados como una sarta de falsedades); así me ha ido por andar de claridoso.
Ya decía Elliot que la humanidad resiste mal la verdad, lo que de otra manera era lo que pedía la madrastra de Blancanieves: elogios, aunque sean mentiras. Espejito, espejito... La de espejitos que tienen nuestros próceres, nuestros intelectuales y toda esa gente que es la suma de las bondades humanas y de todas las bellezas posibles. Luego está aquello de los Evangelios y la verdad como germen de libertad: se sabe que tampoco nos gusta mucho la libertad y la toleramos sólo en pequeñas dosis.
Mi madre decía que antes de abrir la boca, me pensara bien si lo que estaba diciendo era una cosa bendecida, contra la maldición, tan de moda entre nosotros, pero con tan mala prensa. El problema no es decir bien o decir mal, sino la opción más prudente para los impertinentes como yo: madurar y evitarse líos con el sencillo gesto de apretar los labios y callarse la boca.
Digo esto justo en mi artículo del día de los santos inocente, fecha que recuerda una matazón atroz de escuincles -a veces justificada cuando uno tiene que soportar a ciertos niños oligofrénicos-, que por extrañas razones acabó siendo una fecha del santoral que se usa para hacer bromas pesadas y de muy mal gusto. Aquí es donde se miente para embromar y engañar al que se deje. Las que nos hubiera ahorrado Herodes si en vez de perpetrar la degollina en tiempos bíblicos, la hubiera ejecutado hace unos cuarenta años, por decir algo, en algunos barrios de por esta zona.
Los usos periodísticos hacen que ciertos medios usen esta efeméride sanguinaria para publicar, a manera de broma -sin chiste alguno-, algunas barbaridades del tipo: «Renuncia Calderón y el Congreso nombra interino al Mosco Reyes», que pretenden engañar a los crédulos; o del tipo: «Venden al América a un jeque omaní; el Necaxa regresa a primera división, pero se va a Zacatecas», que son de una crueldad que, efectivamente, recuerda al infanticida del cuento.
Yo nunca he recurrido -que recuerde, no tenga yo que tragarme estas líneas luego- a tales ardides facilones. Ya podría yo entretenerme escribiendo que, finalmente, el diario monarquista ABC se fijó en mi y como me acaba de nombrar director adjunto, yo agarro mis chivas y hasta luego mi gabán y obviar que la última noticia que recibo de tierras borbónicas es que, al contrario, el diario ADN lanzó su último número hace tres días y acaba de cesar a sus últimos sesenta empleados. Comienza uno bromeando y, como dijo el Gamba («entre brona y broma»), acaba uno para el arrastre y llorando por los rincones.
En lugar de eso pensé en dedicar las líneas que escribo a recordar algunas mentiras fenomenales que me han dicho a lo largo de la vida, aunque para eso necesitaría un libro, contando que conozco a míticos mitómanos, como aquel que nos contaba que luego de espiar a un mendigo que pedía limosna en un carrito, al carecer de piernas, descubrieron que ni le faltaban las extremidades (el carrito no tenía fondo y las piernas quedaban ocultas en una alcantarilla, colgantes), ni era tan pobre, pues con el fruto de su timo cenaba todas las noches en restaurantes de lujo, a los que lo conducía su chofer y su limusina -que llegaba a recogerlo todas las noches cuando la calle estaba ya vacía, sin testigos para descubrir el engaño.
Pero esas son mentiras que inventan los que creen que los demás son, por lo menos, tan tontos como ellos y que hacen suponer que es cierto aquello de que las mentiras nunca se sostienen, lo que es también una falsedad del tamaño del Titanic.
Sumados a esos tópicos mentirosos, del tipo que el Himno Nacional Mexicano es el mejor del mundo o que unos señores vinieron a decir que en Tepezalá se producían los atardeceres más hermosos del planeta, y que son inofensivos -parten de la necesidad que tenemos de autoengañarnos-; estas mentiras que van desde lo edificante -como esa de que el que obra bien triunfa en la vida-, a las más peligrosas, sobre todo cuando logran consenso, como aquella del cambio, esa otra del empleo y ahora esa gran mentira sin contenido (o sea una mentira invisible) de que con Fulanito de Tal -tonto no soy-, el país ahora sí va a arreglar sus problemas.
Recuerdo con una sonrisa una mentira que en su día me causó noches de insomnio y terrores metafísicos. Una maestra que tuve yo de muy niño, y que era muy bruta, nos contó una visión que tuvo no recuerdo quien, una mañana en que pretendía obligarnos a recitar letanías que repetíamos sin el menor entusiasmo. Aquella pobre mujer nos contaba que el o la vidente del cuento había visto el infierno, que era como una boca de lumbre, en la que «por nuestra culpa» se precipitaban las almas cual «frijoles cayendo en una olla». Como para darle el Nobel a esa hoy olvidada educadora: la metáfora es portentosa.
Total que yo ya me libré de inventar tonterías para salir del paso y cumplir con ciertos rituales del día. Otro día, con más calma, les cuento la verdad de Peña Nieto, que, dicen algunos rumores malintencionados, es un lector de Joyce y de Musil, pero que se hace el inculto nadamás para que la gente no lo vea como un hombre de libros. En este país eso puede resultar sospechoso.
Pero esta historia se las cuento dentro de un año, si es que no ando yo ya integrado en el gabinete del susodicho. Creo que me quieren de ministro de Agricultura.


Agustín Lascazas
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Increíble robo de una vaca