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Lo cortés no quita...
27/12/2011 09:20 (-6 GTM)
Octavio Paz solía recordar un viejo dicho: cortés como un indio. Luego, el extinto Nobel señalaba que era un viejo dicho español y se aplicaba para la gente que hacía de la cortesía una muestra de autodesprecio y servilismo y que ese indio cortés, luego te podía desollar; ya se sabe que lo cortés no quita nada, ni lo valiente, ni lo desalmado.
La cortesía, por lo demás, más que un signo de urbanidad es una arma arrojadiza cuyos usos pueden ser varios, casi siempre para esconder intenciones aviesas. Pasado el límite de la educación, las demasías en la amabilidad suelen ser la máscara que usa alguno para hacernos pasar por el aro, timarnos o tendernos una trampa (Imagínese a Pitaluga diciéndole a Vicente Guerrero: pase usted, generalísimo a éste su humilde barco). Por eso siempre hay que desconfiar de la gente cuyas buenas maneras rayan en lo excesivo. Lo mismo pasa con los alabadores de oficio: ay de aquel que se deja convencer por los halagadores. Dicen que la derrota comienza cuando uno se cree los elogios de cualquiera.
El asunto es que este artículo, que si no pasó una hecatombe, se publicará el lunes 26 de diciembre, día de San Esteban. Breviario cultural, tomado de mis tempranas lecturas de las Vidas Ejemplares. San Esteban, es un santo del mismo nombre, que por andar de entrometido y metiéndose con Sansón a las patadas -se le ocurrió pelearse con los malvados esos del Sanedrín-, acabo su triste vida a pedradas voladoras. Más datos no tengo, pero creo que el santicidio ocurrió en Jerusalén, en el siglo uno, digamos que un 26 de diciembre (lo que explica lo del santoral), a eso de las tres de la tarde. Hacía frío.
Pero volvamos a entrar en materia, pues no faltará el malpensado que supone que amanecí el día de navidades con un resacón tremendo y presa de delirios. Pues no, señor (señora) malpensado, supone mal, pues sin negar, ni conceder, que yo las navidades puedo amanecer en estado deplorable, yo escribo estas líneas siendo las 14 horas con algunos minutos del día sábado 24, o sea en la víspera de la molicie de la nochebuena, justo por dos motivos: primero porque puede ser que, efectivamente, la mañana del domingo no esté el horno para bollos y segundo, porque me vine a esconder a casa, huyendo como de la peste de tanta gente amable que anda suelta por las calles.
Volviendo a los usos y abusos de la cortesía, aquí es donde digo lo que suelo decir de los muy amables ingleses y su proverbial amabilidad. Pise usted a uno en la calle y diviértase de lo lindo cuando el gentleman se disculpe con usted por haber metido su pie -el del inglés- debajo del suyo -el de usted. Para quien quiera ir a Londres a comprobarlo sólo tengo un consejo: hay que cuidarse bien de elegir como víctima a un inglés, pues corre uno el riesgo de pisar a un inmigrante kosovar y acabar tundido en alguna acera de Mayfair, pues tan singular manera de obrar les es exclusiva a los súbditos de la corona. Tenga especial cuidado con los pelirrojos, que pueden ser irlandeses, ergo: tipos que comienzan a tirar golpes de karate a la menor provocación.
¿Por qué son los ingleses tan amables? No es porque quieran mucho a la gente, ni una señal de cobardía; de hecho son más bien de despreciar a los que no son naturales de Inglaterra y estamos hablando de un pueblo que desde tiempos inmemoriales se ha entretenido en los juegos de la guerra. Son tan amables porque su cortesía es una manera de poner distancia, pues si algo les repele es la gente, sobre todo si se trata de extranjeros.
Veamos a los catalanes, que tienen unos modales que contrastan con los brutales modos de los castellanos. ¿Son los catalanes un pueblo que demuestra su filantropía con sus sonrisas y sus finas atenciones? Nada, estamos hablando de otro pueblo que se siente bajado del Arca de Noé y muy poco dado a tratar a quienes no tuvieron la fortuna de nacer hijos de ese otro pueblo prometido. Lo mismo: gente que prefiere darte un saludo y una sonrisa, pero como una manera de que no te acerques y no se te vaya a ocurrir tratar de entablar una conversación con alguno (a) de ellos.
Creo que existe un dicho -o me lo estoy inventando, da igual-, que dice que de buenas maneras está pavimentada la autopista que lleva a los infiernos. Por eso estoy encerrado en mi casa, trabajando en el día sagrado del sabath: lo que sea para evitar que alguien me quiera dar un abrazo y de que cualquiera tenga el descaro de verme y desearme felices fiestas y próspero año nuevo.
¿Existe una ley que obligue a la gente a ponerse amable estos días? Si existe -y por bruto no me enteré que la votaron los diputados-, ya me chupó la bruja, pues seguro acabo en la cárcel. Y será el sereno o el imperativo legal de poner cara de idiota y hacer como si uno amara la humanidad, pero lo que es yo no voy a ir por el mundo deseándole feliz navidad a gente que me cae muy gorda y deseándole prosperidad en el 2012 a tipos que si de mi dependiera hace años estaban ya en prisión.
Ejemplo: me encuentro a un señor de la política al que le conozco las peores mañas. Siempre que lo veo pienso lo mismo: que si existiera justicia en el mundo, ese tipo estaría en una mazmorra picándose las narices. Pues el señor -que también me debe aborrecer-, me ve, sonríe como si fuera la imagen viva de la felicidad y eso de la buena voluntad, y me dice eso de: ya sabes, mi hermano; que tus sueños se cumplan el año entrante. Suerte tiene de que mis sueños no se cumplan, pues uno de ellos es verlo a él y a los de su ralea picando piedra y con una cadena en los tobillos.
¿Por qué gente que me desprecia me felicita hoy? Hace días uno de los que hoy me ofrece un abrazo, cambió su camino para evitar saludarme. Otro que dice que espera que viva estas fiestas en un ambiente de paz, habla pestes de mí -aunque en su descargo debo decir que no le falta razón.
En fin, que así está hoy la gente: con una amabilidad que es como para pensar que es cierto que aquí hay pura gente decente; ya mañana todo volverá a su cauce y cada cual será quien es, ya sin falsas cortesías y todos enseñando los dientes.
Como el jueguito no me gusta, pues a encerrarme el resto del día, salir por la noche a ver a la familia un rato y pronto a dormir, que a pesar de que ya adelanté estas líneas, tengo cosas que hacer y no son pocas. Abur y feliz día de San Esteban.


Agustín Lascazas
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