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Fuenteovejuna
21/12/2011 09:27 (-6 GTM)
Por un error recibí ayer un ejemplar de La Crónica. Antes de devolverlo a su dueño, me llamó la atención un recuadro de la portada donde señalaba que resultaba extraño, cuando no prueba de hipocresía, que las burlas, el alud de comentarios en tono de burla y el linchamiento se centraran en contra de Peña Nieto y Ernesto Cordero mientras que, qué casualidad, los activos usuarios del Tweeter no reaccionaran de la misma forma con el resbalón del amoroso López Obrador, que no supo cuánto costaba un boleto del metro.
Aquí es donde viene -debería- la reflexión profunda sobre las ventajas de las redes sociales, en cuanto a factor que democratiza la información; y sobre los declarados peligros de unas redes sociales que magnifican comentarios que pueden ser ciertos o falsos, bienintencionados o dolosos, y que en suma carecen del rigor a que son sometidos los contenidos de los medios de comunicación. Esa reflexión nos la vamos a ahorrar: yo de romperme el seso para intentar escribirla y ustedes de leerla.
Yo ya reparé hace doce años sobre el peligro de dar rienda suelta al rumor y al chiste ramplón, cuando se trata de nuestra democracia, justo cuando un grupo de demócratas de abolengo -o sea panistas con pensamiento residual del sinarquismo: ultraderechistas-, se dedicaron hace doce años a ridiculizar a Francisco Labastida, no por lo mucho de malo que pudiera tener, sino por aquel asunto lamentable de «Lavestida».
¿Así se construye una democracia?
Yo aseguro e insisto en que los muchos defectos que puedan tener Peña Nieto, Cordero, Vázquez Mota o López Obrador, no pueden simplificarse en sus erratas y vanalizarse en discusiones matizadas como las de las redes sociales. Que la gente llana haga de estos instrumentos un canal para su desahogo, pues hay que recordar que el principio de autoridad es en general aborrecido, es entendible: nada libera más a un miserable que poder soltar la rabia contenida en un «tweet»; lo que no entiendo es la facilidad con que algunos amigos y conocidos míos, muchos politólogos o analistas consumados, se han dejado subir a esa ola que se alimenta de un humor barriobajero y la descalificación fácil.
Tengo que insistir que a mí Peña Nieto no me gusta, pero no porque sea ignorante -que eso está por discutirse-, sino porque no veo en él mas que el arquetipo del político mexicano (del PRI, del PAN o del PRD, que es lo mismo), cuyo único fin vital es la conquista del poder. Si de algo pudiera yo acusarlo no es por no saber quién escribió según qué libro o por su mal inglés, sino justo de ser el clásico listillo, un personaje ya común en la picaresca y en la política mexicana.
Que Fuentes lo vete para la presidencia es normal: Fuentes es un decadente caudillejo cultural que sigue pensando en términos predemocráticos, como en su día se lo hicieron saber algunos de aquel malogrado Grupo de San Angel. Que Pacheco siga esa vía y descalifique a Peña por las mismas razones, es más complejo. Como sea a Pacheco lo admiro y lo admiraré como el colosal poeta que es, pero no por sus opiniones políticas.
Y volvemos a la hipocresía. Yo he escuchado burlas contra Peña Nieto y Ernesto Cordero -que me gusta menos todavía-, de gente cuyas lecturas son inexistentes, de personas cuyo inglés es una variante tonal de creolé y de tipos que en su día eran del club de las adoradoras de Vicente Fox. Con miedo a repetirme, debo recordar que en un país que tanto premia la estupidez, es un contrasentido y hasta una falta de moralidad pública, censurar a alguno por no acreditarse como un erudito en temas literarios.
Hablando de eso, del escaso prestigio que en México tiene la inteligencia (no por nada somos el país de Capulina y el Perro Bermúdez), hace unos días ví en un establecimiento un video musical de unos tipos que, al son del sonsonete más elemental y primitivo, bailaban dando saltos con unas botas de remates inverosímiles. Poco antes un amigo me explicaba como el nuevo sonido duranguense, al eliminar matices y acordes de la ya deplorable música de banda, ofrecía a públicos de escasas facultades de raciocinio una música cuya estructura elemental no exige más esfuerzo que el de saltar como apaches.
Aquí viene a cuento una cita que reproduce Vargas Llosa, en su piedra de toque del pasado domingo, sobre un libro de Carlos Granés -a propósito de asuntos mucho más complejos-. Dice el Nóbel que: «no se puede premiar sistemáticamente la estupidez y esperar que esto no traiga consecuencias morales y culturales». Quien quiera entender lo que le pasa a este país, que mastique esta frase. Que luego este pueblo tan dado a las manifestaciones de salvajismo quiera burlarse de un tipo que se equivoca con los autores de los libros que (no) leyó, resulta en un espermento de inmoralidad supina.
Escribo esto cuando recibo un mensaje de un sujeto, conocido mío, de quien tengo la mejor imagen en cuanto a sus capacidades intelectuales y a él mismo como un muy valioso politólogo. Allí sale el clásico aviso que escribió cualquier tunante frente a un tendajón con las consabidas faltas de ortografía. Agrega un pie: «Esto es cosa de Peña Nieto, seguro». Saber que al linchamiento popular se unen los que se supone que sí entienden, es descorazonador.
¿Quieren bajar a Peña Nieto del caballo? Pues habrá mejores maneras, más democráticas y menos pedestres. ¿Qué tal discutir sus propuestas o la falta de ellas? Lo mismo debería hacerse con los aspirantes panistas (menos Creel que es un cero a la izquierda) y con López Obrador, que parece ser sagrado para ciertas mentalidades bienpensantes.
Y como dato cultural y como adelanto de su regalote navideño, les cuento lo que solía decir el recién desaparecido Daniel Sada, cuando le preguntaban sobre López Obrador y su derrota en el 2006. «Es claro que no leyó a Tácito y a aquello de que no hay enemigo pequeño».
Y ojalá podamos ya dejar este lamentable asunto. Ustedes dicen.


Agustín Lascazas
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Luis
22/12/2011 10:54:58 desde: 189.187.205.242

LO mas importante para las proxima contienda electoral son las propuestas, no dejemos que nos arrastren a un mar de miseria partida de una gerra sucia, sino que con las ideas reales tiendan a retomar la credibilidad en la democracia.
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Increíble robo de una vaca