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Hoy es Domingo, 21 de Septiembre de 2014
Mucho ruido y muchas nueces
19/12/2011 09:53 (-6 GTM)
Por allí alguien me comparte una cita, asegurando que es de Chesterton. Lo dudo. Dice que «lo malo de la prisa es que se lleva demasiado tiempo», lo que puede significar lo que a usted le venga en gana, pero que me recuerda que entre prisas y prisas a mí ya se me consumió otro año. Inicia la semana de la molicia de noche buena, que es la penúltima del año. Y no es que sea cierta la tontería esa del vaso medio lleno y medio vacío, sino que la verdad es que así, a las carreras, agotamos otros 365 días en los que, a saber, habrá que averiguar qué fue lo que pudimos hacer de provecho.
Cuando tengo un minuto para parar suelo preguntarme la causa de mi prisa. Que yo sepa correr frenéticamente no me lleva ni a cobrar ninguna herencia, ni a recibir ningún premio. Corro, supongo, justo para no pararme a hacerme preguntas incómodas, para no tener tiempo, Y es que sucede que vamos por allí como almas que lleva el diablo, sin reparar en que no sabemos a dónde vamos.
Como sea, como un ejercicio para la paciencia y la templanza, decido cruzar la ciudad a media mañana de domingo por el centro de la ciudad, para ver el frenesí de los que en la zona de los mesones caminan apurados entre tiendas de baratijas, para saciar esa otra pulsión de estas fechas: comprar hasta quedar extenuados, sin dinero y hasta con dedudas por pagar en los próximos 18 meses, supuestamente sin intereses.
Circulando a vuelta de rueda por la calle Victoria, veo los rostros tensos y los ojos extraviados de los que buscan una ganga de última hora. Entre el tráfico, un judío camina también a toda prisa arrastrando en un armatoste con ruedas un muestrario de baratijas. Vender y comprar, a sabiendas de que enero es un mes cruel, uno que habría que borrar del calendario; mes dedicado a la Luna que, lo sabían los antiguos mexicanos, es una diosa cruel que devora a sus hijos.
Como sea, poco a poco salgo del embrollo de la vialidad y reparo en que son días en que el ruido es tanto que nos impide ese otro ejercicio vital que es el de pensar y repensar en silencio; tratar de sacar en claro qué nos mueve a gastar, a meternos en el ruido ese que impide un momento de paz y ahoga cualquier pensamiento. Entiendo que, poco acostumbrados, el verdadero silencio nos resultaría aterrador.
Y no, no me voy a poner ni pedagógico, ni a dar consejos. ¿Pues de dónde? Tampoco es que crea en las payasadas esas de la república amorosa (así con minúscula, por favor), o en las comunas de neo hippies donde se ensaya el trueque como fórmula fallida contra el consumismo. El mundo es como es y no soy yo el que tiene la llave o la fórmula para hacerlo mejor. Si la tuviera, por otra parte, seguro que me aseguraría de venderla a buen precio.
La muerte falsa del ex presidente De la Madrid; los relatos de los que madrugaron para ver el juego Barcelona-Santos; las quinielas de los politólogos; el nuevo deporte nacional de buscarle defectos a Peña Nieto, tal vez como un ejercicio moral para no ver los defectos que tenemos como sociedad; las precandidaturas y los oráculos del tipo Berrueto; las cuitas del Vasco Aguirre; la muerte de Cesárea Evora; la tardía presunción del gangsterismo de la FEG... Dan ganas de meterse en una cápsula y salir hasta el primero de enero.
Yo supongo que ya cumplí con mi cuota anual de ingesta de bebidas espirituosas, de consumo de calorías, de saludos y abrazos, de expresar mis buenos deseos a los hombres de buena voluntad; espero que esta semana sea de tranquilidad, contando con que yo tengo que trabajar y que hay que hacer acopio de sonrisas para el ritual del 24.
Por lo pronto hoy es domingo de prisas, pues tengo que correr de vuelta para recoger a la prole -si el tráfico no me lo impide- y llevarlos a uno de sus múltiples compromisos sociales. Aquí es donde me viene la imagen memorable de aquella ciudad en que, ciertos días y a ciertas horas, se respiraba esa calma ida. Luego el recuerdo me lleva a aquellos silencios prolongados de las navidades, donde no había más refugio posible que el de la propia casa, pues era más fácil encontrar por las calles un dragón recitando a Pessoa, que cualquier negociación abierta.
Pero luego reparo en que no sabríamos ya que hacer con tanto silencio. Recuerdo la última navidad que pasé por Barcelona, donde al feriado del 25 de diciembre le sucede el del 26, día de San Esteban, prologando a 48 horas el cierre de negocios, la falta de diarios y casi de actividad, dando a esa ciudad un aspecto fantasmal, no apto para lo que nos fuimos acostumbrando al ruidajal que no cesa y ya no sabríamos que hacer en tales circunstancias.
En fin que cada quien se lo coma con su pan, que visto está que de sus inquietudes no me voy ocupar yo. Que tengan una semana como cada quien la pueda tener. Que a todos nos sea leve y ya le paro porque ya me iba a arrancar con lo de unas lápidas romanas que hay en un museo cacereño y tampoco se trata de que sea yo quien les robe su valioso tiempo.


Agustín Lascazas
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Increíble robo de una vaca