El fin de la cosecha
23/04/2010 13:01 (-6 GTM)
Por regla general me preparo una tasa de expresso antes de ponerme a escribir. Lo hago porque me gusta y para tener un pretexto, por si las líneas que me invento son deplorables. Así puedo argumentar que estaba bajo la influencia nociva de los perniciosos efectos de la cafeína y de paso me doy un gusto.
Desafortunadamente la escasez de café es tal (aquí mientras no falte alcohol, que ruede el mundo), que parece que voy a tener que inventarme algún otro hábito insano o, de plano, dejar de escribir.
Ya en la mañana me preparé la taza despertadora con los últimos restos de un pequeño saco de granos de café arábica, de origen colombiano y que compré hace días en una librería de Houston. Antes de venirme a mi oficina a cumplir mis sagrados deberes de escribidor, traje de casa una pequeña caja de cápsulas de un preparado que me regalaron en mi última visita a una de las tiendas de Nespresso de la Ciudad de México. Según eso se trata de un café exquisito denominado Fortissio; probarlo fue una experiencia devastadora, como si hubiera masticado una yesca de una yerba harto amargosa.
En estas circunstancias, como si tras una hecatombe atómica los adeptos al café recorriéramos las calles desiertas para buscar los últimos restos del café en los escaparates saqueados de los negocios de alimentación, hago cuentas y veo que tengo café para no más de una semana, siempre y cuando limite mi consumo a una o dos tazas diarias. Después de eso tendré que sentarme en una banca de la Plaza para ver cómo el mundo se derrumba mientras yo estoy en la inopia.
Claro está que existen todavía dos o tres lugares donde se puede uno tomar un café -o los que cada uno pueda pagar- decente. Está, por ejemplo, el negocito de Augusto donde sirven el ya exótico y rarísimo Illy o las terrazas donde venden algún otro café italiano. El problema es que yo no tengo el tiempo, ni los denarios, para estar trasladándome a esos lugares cuatro o cinco veces al día para suministrarme mi dosis diaria de expressos.
También está claro que en los supermercados hay estanterías llenas de frascos, bolsas de aluminio y botes metálicos de un producto que dicen contener granos del fruto del cafeto, pero que en realidad deben ser falsificaciones chinas o un grano que simula al café pero que produce unos caldos que simulan al paladar la sensación de estar masticando ramas de mezquite. Los peor pensados pueden pensar que se trata de abono de cabrito.
En estos momentos, mientras intento escribir esto, me resisto a levantarme del escritorio y prepararme uno de los tres últimos ristretos que me quedan, en la última caja que traje de la capital, hace cosa de dos meses. Tendría que hacerlo para ponerme a escribir de cosas trascendentes.
Mientras sostengo una intensa batalla entre mis ansias de café y mi voluntad, voy enumerando algunos asuntos importantes de los que me debería ocupar: las declaraciones del presidente sobre las víctimas inocentes en la guerra contra la delincuencia organizada, la tragedia del sector aéreo europeo por la nube de cenizas que lanzó un volcán de Islandia, el timo que resultó ser el registro de teléfonos celulares, las bravatas que vino a lanzar aquí hace unos días el enternecedor Navalú, la presunción de inocencia o culpabilidad de San Martincito...
Se los prometo por el honor de Chucho Ramírez que me es imposible, no consigo concentrarme. Tal vez si me sirvo esa taza de café, me digo, podría ponerme a contar cosas requetebonitas sobre la feria de San Marcos o hasta podría encomendarme a la noble tarea de cumplir el mandato presidencial de hablar bien de México. Ya se sabe: sus hermosas cascadas, sus fértiles valles, la nobleza de su gente y todas esas hermosuras que le brotaron a este país, cual árbol fecundo, cuando nos enteramos de las fiestas del bicentenario.
El malvado que nos dejó sin café debe saber que sus acciones, so diabólicas, me tienen aquí en la inopia y sin poder articular dos frases seguidas sobre los asuntos que tanto nos interesan: la eliminación inminente del América de la liguilla del Torneo Bicentenario, los enredos del Caso Martí (no confundir con el Caso Martín, ni con ese otro Caso de R. Martin), el bonito espectáculo de democracia que nos están dando los panistas locales. Mi inteligencia, sumida en un sopor de purgatorio, no está para analizar esos y otros asuntos de capital importancia.
Claro que llamaría ahora mismo a Nespresso para que me mandaran un cargamento de cápsulas y asunto arreglado. El problema es que eso cuesta y mis finanzas personales no están para tales derroches. Cosa muy distinta sería que las almas buenas que tanto abundan en estas tierras se apiadaran de mí. Sueño con que algún benefactor de las letras y las artes llegue a mi oficina y me diga que se ha marchado al Caribe y que me ha traído un par de kilogramos de Jamaica Blue; quiero decir que con un par de botes de Illy rojo, en grano, me conformo.
Si no, amenazo, voy a ponerme a dar mis opiniones políticas y vamos a ver quién me aguanta.
Agustín Lascazas