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Hoy es Jueves, 09 de Septiembre de 2010
La maldición azteca
21/04/2010 12:24 (-6 GTM)
Recuerdo la imagen como si fuera ayer. En el parabrisas del auto de mi santa madre había un papel, una hoja color carta, doblada cuidadosamente. Ella lo tomó y sin siquiera desdoblarlo lo partió en pedazos que tiró en el primer basurero que encontró. Yo, curioso, hurgué entre cáscaras de plátano, para sacar el trozo más grande de papel y enterarme que era una cadena de San Judas Tadeo. En otro de los pedazos del papel había una moneda, no sé si de 5 o de 20 centavos, pegada con un trocito de diurex.
A mi madre le reventaba que le dejaran ese tipo de cosas en el parabrisas del auto. Alguna vez, más tarde, maldijo esas supercherías. Una tía mía, más materialista, agarraba la moneda, se la guardaba y destruía la hoja mecanografiada.
Ahora entiendo y comparto esa molestia. No se trata solamente que algún tarado te quiera meter al saco de sus supercherías. Esoso mensajes, que prometen rachas de buena suerte, milagros y otras tonterías del estilo, contienen amenazas: ya se sabe, John McKenzy de Idaho la rompió y a la media hora le atropellaron a la suegra, le quitaron su casa, se le incendió el negocio y lo ensució un perro. Supongo que entre esta raza de paganos esas amenazas han de causar terrores mortales.
No abundo en el mecanismo idiota de esos mensajes, entiendiendo que todos sabemos de qué estoy tratando. Abundo en la sorpresa que me causa que gente que, se supone, tiene alguna mediana educación, se preste para reproducirlos, ahora por correos electrónicos.
Hace años ya que un sujeto, que no tengo el disgusto de conocer, pero amigo de amigos mútuos me incluyó en su lista de correos y comenzó a mandarme leperadas. Primero me causó gracia, pero a las semanas comenzó a ser un fastidio. Troné el día que me mandó una cadena de esas. Le escribí y en palabras enérgicas le ordené que dejara de enviarme sus mensajes. A la vuelta de unos días recibí de él un mensaje lleno de insultos.
No entiendo el mecanismo por el que la gente se toma atribuciones que no le corresponden y nos comienza a bombardear con mensajes de todo tipo. Los hay que gustan de mandar peladeces y los que se entretienen enviando mensajes edificantes (según eso), oraciones, anécdotas de sabios hindús que no existieron, consejos de salud y anatemas sanitarios. Los hay, también, que promueven una extraña forma de la democracia revelando, ellos juran, secretos de estado que comprometen a tal o cual personaje de nuestra clase política. Los peores son los que un día te mandan un correo conteniendo pornografía vil y a la media hora la oración a San Casimiro el Jardinero.
Basta hablar con algunos para entender el daño mental que ocasionan estos mensajes. Yo lo comprobé un dfía que un tipo, presumiblemente listo, me dijo que tenía las pruebas de cómo el gobierno de los Estados Unidos había ordenado el autobombardeo del Pentágano. Obvio: lo recibió en un email.
Ayer recibí una cadena de esas y cometí dos errores. Como conocía al remitente, al que aprecio, el primer error fue abrir su mensaje y leerlo por pura curiosidad. Era un horóscopo dizque azteca (los aztecas no conocían ningún arte adivinatorio que se le parezca) y era especialmente agresivo en cuanto a las amenazas.
El segundo error, ofendido como estaba, fue dejarme llevar por el enojo y responder ese mensaje con insultos. Con el cabreo subido a la cabeza no me conformé y reenvié el mensaje a todos los destinatarios con un comentario fuera de lugar.
Más tarde recibí una disculpa y un reclamo. Al leerlo me sentí como perro con la cola entre las patas. El asunto me mantuvo preocupado, afligido y molesto durante toda la tarde de ayer. Por supuesto que también yo envié una disculpa, una donde lamentaba haber insultado al amigo, pero donde reiteraba que consideraba una falta de respeto que cualquiera se sintiera con derecho a estarme enviando maldiciones aztecas, mayas, totonacas o celtas.
De hecho sigo irritado por haber sido destinatario de esa payasada y apenado por haber reaccionado como un energúmeno. Creo que la cosa va a ser asumir grandes remedios contra grandes males y quedarme de plano sin dirección de correo. Si alguien intenta contactarme para cualquier asunto de importancia, pues que vaya al correo a ponerme una carta. ¿Que el asunto es urgente? Pues que me mande un telegrama.
Los mismo con el mentado Twiter y la cosa esa del Facebook. Creo que le llaman suicidarse, pero no a lo bestia tirándose a la vía del tren, sino saliéndose de las peregrinas redes sociales que, serán la maravilla que ustedes quieran, pero a mi me traen puros sinsabores.
Por lo pronto fotocopie este artículo y déselo a sus enemigos. Al que rompa la cadenita le van a dar tacos de perro y va a ser el causante de que la Selección Mexicana sea eliminada en dos patadas del Mundial de Sudáfrica.



Agustín Lascazas
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