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25/08/2009 13:45 (-6 GTM)
Aunque no soy de los que sostienen para todo que tiempos pasados siempre fueron mejores -aunque en nuestro caso sí que lo fueron-, hay que reconocer que se acabaron los tiempos dorados del turismo.
Esto sucede justo -y he ahí el dilema- cuando se hace más turismo que nunca. Según me cuentan los vacacionistas y según me entero en los informativos y en los diarios, los destinos de playa están a reventar, las carreteras están repletas de autos de vacacionistas y los aeropuertos llenos de viajeros que son embutidos en aviones que van y vienen por el aire; personas que acaban de regresar de los Estados Unidos confirman que eso de la crisis no ha afectado a los que caminan codo con codo en los repletos pasillos de los centros comerciales y en lo que respecta a Europa, y contra lo que se pueda suponer, parece que no queda un lugar en ninguno de los vuelos que conectan a este país con ese continente para los próximos seis meses.
No dejo de pensar en el pasado en que eso de viajar era cosa de portentados y luego en la mentada época dorada del turismo.
Baste decir lo que pasaba en los aeropuertos. Uno llegaba al mostrador de la aerolínea una hora antes de la salida del vuelo, recibía un trato amable y luego de unos minutos se subía al avión y se marchaba al lugar donde se iba a vacacionar. Eran tiempos en que los que iban a despedir a los viajeros o a recibir a los que regresaban podían ubicarse detrás de una pequeña reja en una terraza de la terminal o incluso al pie de la pista. Yo la última vez que vi una escena similar fue en el aeropuerto de Mendoza, en Argentina, y poco antes en la terminal aérea de Avilés, donde los que fueron a recibir a Günter Grass estaban esperándolo justo junto a la escalerilla del avión.
Desde que a los palestinos les dio por secuestrar aviones en los años setenta y a los islamistas a ponerles bombas o a estrellarlos contra los edificios eso se volvió imposible. Los controles de seguridad se multiplicaron y el número de los que suben a los aviones -pese a los lamentos de las aerolíneas- creció exponencialmente, de tal manera que ahora viajar en avión es una tortura.
Ahora hay que llegar a los aeropuertos con muchas horas de antelación, resignarse a que lo revisen a uno como si fuera el más peligroso de los terroristas y tomar en cuenta que las terminales aéreas de hoy son, en muchos casos, ciudades enormes donde trasladarse de terminal a terminal puede llevarle a uno mucho tiempo, donde los retrasos son la norma y donde lo más probable que al que no le pierdan la maleta le roben el perfume que traía para la abuelita. No sé qué tenga eso de divertido.
Lo extraño es que la gente no deja de vacacionar, pues debe existir en nuestra naturaleza una pulsión morbosa por ver novedades, lo que cada vez es más difícil en un mundo que tiende a la uniformidad y en donde se lleva uno sorpresas como la de ir a Barcelona a comprar sombreros de mariachi o, lo peor, irse a Vallarta para encontrarse con los vecinos que detesta y que están en la habitación de enfrente.
Supongo que es por eso que los más originales -y los que pueden pagarlo- buscan destinos exóticos donde en medio de una selva llena de serpientes de veneno letal lo llevan a unas ruinas de un templo budista o donde los aborígenes ofrecen, mediante una suma nada módica, sacrificar a la suegra en el volcán consagrado al dios Chelmevong. El que no puede pagarse esos lujos, pues a Manzanillo a pasarse las tardes jugando dominó con el pediatra de sus hijos y el señor de la tortillería de la esquina de su casa.
Supongo que la industria del turismo reaccionará ante la posibilidad de que la gente se dé cuenta de que los viajes son demasiado pesados, demasiado caros y cada vez con menos chiste. Gastarse una fortuna para ir a Sevilla a encontrarse a don Narciso del Roble, el vecino del seis, resultará en el futuro cada vez menos atractivo, como ya lo es que el hijo que llevamos a Mazatlán regrese llorando porque el Manotas, el vecino abusivo de la cuadra, le acaba de dar una paliza en la playa.
Yo el otro día venía en un vuelo desde la Ciudad de México que por una extraña razón venía lleno de paisanos que volvían a esta ciudad desde Tijuana, que creo ya no tienen forma de volar de manera directa. Una muchacha que vive en Idaho, según le explicó a gritos a un señor barrigón que venía de Omaha comiendo tortas de chorizo que compró en el aeropuerto, traía a un niño en brazos. Lo extraño no es ni que la muchacha viniera de Idaho, ni que el barrigón viniera comiendo tortas de chorizo, que esas cosas y otras son normales en este país. Tampoco hay nada de excepcional en que la muchacha trajera un hijo en brazos. Lo realmente molesto fue que el escuincle tenía unos pulmones y un diafragma tales que pegaba berridos de 200 decibelios. Entre el hedor a chorizo, los gritos de los pasajeros que venían de Tijuana y los alaridos del chamaco, a mí no me quedó de otra que clamar al cielo por la segunda venida de Herodes.
Yo para mis próximas vacaciones buscaré novedades. Mi mente las necesita con urgencia. Tal vez busque un destino al que se pueda ir sin tener que pasarse media vida en un aeropuerto aguantando malos modos y sin subirse a un avión convertido en un Flecha Roja con alas. Se me ocurre un lugar donde, por ejemplo, pueda ver lo que es la lluvia, pues ya se me olvidó cómo es esa cosa tan extraña en estos lugares. También me gustaría ir a vacacionar a un sitio donde por las madrugadas pueda uno dormir sin tener que despertarse cada rato por el traqueteo de las ametralladoras y el chillar de las ambulancias. Eso sería tan exótico como ir a las selvas de Tailandia, que supongo debe salir carísimo.
Agustín Lascazas