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La bola
20/11/2008 18:37 (-6 GTM)
Estos días de festejos patrios están que ni pintados para la ironía. Los articulistas, para salir del paso, podemos usar fechas como el 20 de noviembre para, por ejemplo, escribirle cartas a nuestros hijos, reales e imaginarios. "Querido hijo mío, un 20 de noviembre de 1910, las masas empobrecidas de mexicanos se levantaron en armas contra la injusticia, la tiranía y la desigualdad; los abusos de las castas superiores como los Creel y los Terrazas...."
Lo que pasa con estas cartas es que escribirlas una o dos veces ya está bien. A fuerza de repetirlas la ironía y el sarcasmo acaban en lugar común. Además ponerse a decir que estas gestas sirvieron para dos cosas es un recurso fácil que suena como robarle un dulce un niño. Ya bastante molesta eso de tener que trabajar en 20 de noviembre, que era la única gracia de la fecha, como para todavía ponerse a mentar la cuerda en la casa del ahorcado.
Por lo demás basta salir a la calle para ver que hoy el personal anda con un cabreo colectivo. Ya se vio que eso de adelantar feriados no dejó contento a nadie y hoy las mujeres llevaron a sus niños a la escuela mostrando sus peores caras y los trabajadores fueron a sus centros laborales como quien es llevado al patíbulo. Hoy por hoy somos, más que nunca, un país de descontentos. Yo que el gobierno me la pensaba mejor a la hora de andar tomando medidas que un mal día van a provocar una tragedia.
Cuando en la mañana una señora que manejaba un camionetón, camino del colegio de sus hijos, me enseñó las fauces como si fuera un oso en su cueva, me preguntaba si es para tanto. Yo que por cosas de mi oficio suelo trabajar lo mismo los 20 de noviembre que el mismísimo 25 de diciembre, pues ya me he acostumbrado. Para lo que hay que ver en televisión, me digo, mejor en la oficina.
Pensándolo bien somos una raza de descontentos por causas profundas que no tienen que ver nada con la realidad. Si contamos con que la revolución de 1910 fue derrotada de manera ignominiosa y acabó en la tragedia del PRI, no veo por qué nos pone de tan humor no poder ir al desfile por estar obligados a trabajar.
-Lo que pasa -decía mi santa madre- es que somos gente acostumbrada a verle siempre lo malo a la vida. Nunca sabemos ver todo lo bueno que nos da el cielo...
Pues mire usted, por donde que se me ocurre que mi santa madre tenía razón y no hay motivo para este cabreo general.
No vemos, por ejemplo, que tenemos un gobierno de lo mejorcito que hay en el mundo. Veamos, por ejemplo, el asunto del combate al crimen organizado que el gobierno va ganando por goleada. Las declaraciones del señor presidente del otro día, donde dice que en ese empeño de acabar la media no va a aflojar el paso, deben tranquilizarnos y deben tener muertos de miedo a los canallas. Otra cosa es que nos vaya como al famoso general Pirro tras ganarle a los romanos, aunque eso es ya querer buscarle cuernos a los patos.
¿Por qué tanto enojo? ¿Qué no somos un país privilegiado lleno de petróleo de a 37 dólares el barril? ¿Que nos cuesta la gasolina más cara que en Estados Unidos? Pues eso, a pensar que lo que pasa es que nuestra gasolina, que es de Pemex y por ello de todos los mexicanos, es mejor que la bazofia que les ponen a los carros de los gringos. Eso es pensar positivamente y no querer amargarse la vida.
Tenemos, por lo demás, un país donde la corrupción es cosa del pasado, una democracia que ya envidiarían los holandeses, una competitividad que es ejemplar, unos servicios públicos que son la envidia de los haitianos, con perdón y una sociedad igualitaria y justa como no hay otra en todo el planeta, gracias a lo cual (dicho entre paréntesis) no ha estallado la tercera guerra mundial.
Otro asunto, lo reconozco, es lo de anoche en Honduras. Pocas veces un país puede sufrir tanto como cuando ve a sus ídolos de barro batallar en el ídem, para acabar desesperados y tirándole patadas a los pérfidos hondureños. Si el cabreo que nos traemos hoy es por eso, entonces retiro lo dicho. Cosas así sí que son como para amargarnos la vida. Y todo por culpa de un desventurado imperialista sueco.



Agustín Lascazas
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