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El asma de Benedetti
26/06/2009 09:18 (-6 GTM)
Desde la muerte de Luz, su esposa, en abril del 2006, Mario Benedetti comenzó a morir un poco. Sin seguir con las polémicas que han surgido en las últimas semanas entre premios, estilos y poetas. Sin tomar en cuenta las declaraciones de Antonio Gamoneda sobre Benedetti, al declarar después de su muerte: «Aunque yo no comparto su ámbito poético, fue un ser admirable, pero utilizaba un lenguaje normalizado, el lenguaje de la comunicación coloquial. Aunque lo respeto, no lo comparto». Sin hacer comparaciones entre escritores, yo tampoco comparto del todo el gusto por la poesía de Benedetti. Quizá publicaba todo lo que escribía, o sus editores le sacaban rápido el cuaderno de las manos sin darle tiempo a revisarlo. Sin embargo, movía multitudes y la gente de la calle repetía sus versos de memoria.
En el verano de 2006 estuve en Montevideo. Allá era invierno, como suele ser, crudo, frío, con neblina hasta el mediodía y al atardecer; con lluvia tenue y mucha humedad. Fui a un congreso de escritores en la Biblioteca Nacional. Ahí me reencontré con William Johnston, un amigo poeta que tenía varios años de haberle perdido la pista. Él fue mi guía en esa ciudad de bruma y nostalgia, que yo sólo había sentido en Buenos Aires. Después de almorzar un chivito al pan, la pregunta obligada era: ¿Cómo está Benedetti? Tenía pocos meses de viudo y el asma se había vuelto a ensañar con él. Willy me aseguró que no asistiría al congreso, pero que él tenía que verlo el fin de semana. Si querés, podés acompañarme, me dijo sin mayor problema.
Para mí era una tentación estar en Uruguay y no seguir los rastros de Amado Nervo. Sus últimos días de vida los había pasado en Montevideo a donde fue a cumplir unas diligencias diplomáticas. Al tercer día de haber desembarcado, de ser recibido con honores de Jefe de Estado y ser vitoreado por una multitud, la muerte lo sorprendería después de una semana de agonía por una peritonitis masiva. Al finalizar el congreso me quedé tres días para encerrarme en la hemeroteca y revisar periódicos de la época, documentos reservados sólo para investigadores acreditados, por lo que Willy me ayudó, con sus influencias, al acreditarme en pocos minutos como investigador de no sé qué universidad. En esos amarillentos diarios que no pude fotocopiar y que transcribí todo el mes de mayo de 1919, siguiendo día a día de su enfermedad. Comprobé que Amado Nervo era el poeta más importante de su tiempo, heredero de la lírica de Rubén Darío.
Yo tomaba las notas finales para mi novela «El orden infinito» y para el guión «Amor a muerte» que escribía Arturo Pimentel. Estuve tres días encerrado en medio de un altero de papeles, a media luz, como suele ser la intensidad de las bibliotecas, escuchando en mitad del silencio un estornudo o una tos del otro lado del salón. Por la noche en el hotel, revisaba de nuevo mis notas y mis nuevas interrogantes. La mañana del viernes, William por fin me confirmó que Benedetti nos recibiría a media tarde. Me previno que fuéramos puntuales, que posiblemente el encuentro no duraría mucho tiempo. Quedó en pasar por mí a la Biblioteca Nacional media hora antes de la cita, o por lo menos eso le entendí. Me quedé esperándolo poco antes de encontrarme en «La Razón» con la muerte de Amado Nervo, la disputa de Uruguay y Argentina por el cadáver. La travesía en barco de sus restos mortales, los que tardaron seis meses en llegar a México, pues puerto donde atracaba: Brasil, Venezuela, Panamá, recibía homenajes. Te dije que pasaría por vos a tu hotel, yo cómo iba a saber que estarías aún en la hemeroteca, me dijo más tarde cuando cenábamos, para variar, un chivito al plato.
De cierto modo tuve que escoger entre Nervo y Benedetti, siendo viernes, al día siguiente ninguno de los dos estaría disponible, y yo tomaba el buquebus de regreso a Buenos Aires. De cualquier manera, por el malentendido, habría llegado tarde a la cita, le contesté a Willy. Él había estado poco menos de una hora con Benedetti, la humedad de ese agosto invernal lo tenía recluido desde la muerte de Luz, la mujer que había amado desde la infancia, pero que su timidez le había impedido decírselo. Cuando por fin se lo confesó, a los 16 años de edad, ella tardó minuto y medio en aceptarlo, contaba Benedetti. 60 años después, el asma, enfermedad propia de los que temen el abandono, de nuevo le tenía colmados los pulmones de infinita tristeza.


Rodolfo Naró,
Tequila, Jalisco, 1967.
Poeta y narrador
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