Las tesis de la Corte
14/05/2010 13:01 (-6 GTM)
Tengo que aclarar que escribo estas líneas a volapié y presa de una jaqueca que me taladra las sienes. ¿Qué circunstancia me postró en este estado? Pues resulta que tengo dos horas escuchando a los señores ministros del TEPJF argumentar sus tesis sobre el asunto de Martín Orozco.
En principio tengo que decir que tal suplicio, el de escuchar va unos señores hablar en una jerga que no entiendo y expresarse bajo una lógica que me resulta más intraducible que el idioma de los lapones, me lo autoinfringí por puro interés profesional. Y aunque se supone que debo ser un ciudadano enterado de las cuestiones públicos, tengo que confesar que dos horas de perorata jurídica son suficientes para mí. Prefiero, se los juro, que me encierren tres días en una cámara aislada donde sólo se escuchen las hermosas melodías que interpreta Ninel Conde, a tener que volver a pasar por ello.
También tengo que decir que en lo que a mi opinión sobre el asunto se refiere, a mí me daba lo mismo que los señores magistrados decidieran fallar a favor o en contra del ex alcalde. Si el señor compite en las elecciones, pues bueno y si no, también. Yo el día de las elecciones decidiré en mi fuero interno si voy a votar, primero, y en ese caso a cual de los candidatos le daré mi sufragio.
Lo que me preocupaba del caso tiene que ver con el meollo del asunto: ¿Puede una persona implicada en un delito grave buscar ser candidato a gobernar nuestro estado? En síntesis, a mi lo que me preocupa es cómo se aplica la justicia en este país, aunque mis suposiciones previas y mis certezas me dicen que en este caso, como en todos, iba a tragar más pinole el que tuviera más saliva.
También sabía de antemano que la decisión de la Corte no iba a dejar contento a nadie.
Para los opositores de Orozco, este es una amenaza y una especia de Alí Babá jalisquillo. Para sus seguidores, a los que notó absolutamente fanatizados, el ex alcalde es una especie de Juana de Arco con bigotes. Como no se puede quedar bien con todos, seguro que a estas horas unos seguirán festejando el fallo y los otros estarán echando maldiciones con mirada siniestra.
De hecho los señores siguen perorando y echando mucho término dominguero. Esto quiere decir que no tengo idea -y tampoco interés- sobre lo que van a decidir los jurisconsultos. Por lo poco que entiendo el ponente de la resolución dijo que una persona sujeta a proceso penal no puede aspirar a un puesto de elección popular. Luego los demás magistrados se han puesto a decir lo contrario: que un ciudadano con cuentas con la justicia debe ser presumido inocente y que por no sé qué tratados internacionales ellos están obligados a dejarlo competir en la elección. Supongo que finalmente la resolución será a favor de Orozco.
A mi entender esto quiere decir, distancias guardadas, que un capo de la mafia, por poner un ejemplo, puede competir para presidente de la república, hasta que no le comprueben que es culpable. Para eso primero tendrían que agarrarlos.
Lo que me apura aquí es que con sus latinajos y sus tesis los señores magistrados pueden convertir a alguien que violó la ley en algo así como un santo varón candidato a los altares; supongo que pueden hacer lo contrario y convertir a uno de esos bienaventurados que van por la vida sin matar una mosca en un émulo de Gengis Kan o del malvado Barrabás.
De este asunto, al margen de lo que digan los jueces, se platica mucho en la calle. Los que quieren quemar al indiciado -creo que así se dice- en leña verde, lo culpan hasta de la caída de Constantinopla. Sus fieles adoradores, suelen argumentar que en caso de que haya cometido los delitos que se le imputan (o sea carrancearse unos terrenos de la comunidad en su provecho), hay otros que salieron más rateros que él.
Es como la vieja -y estúpida discusión- sobre quién fue más asesino, si Hitler o Stalin.
Por lo demás tengo que admitir que soy lego en cuestiones de tanta altura y que al final de cuentas lo que me queda de este asunto es el dolorón de cabeza que me aqueja y que me obligará a tener que echarme un par (o más) de whiskys esta noche. Seguramente por causa de lo anterior esta mañana, mientras usted se desayuna leyendo estas sesudas reflexiones, yo estaré padeciendo otra jaqueca, esta a causa de la ingesta de bebidas que no me hacen nada bien. Así se hacen los mentados círculos viciosos, para los cuales se inventó la aspirina.
Ya para finalizar quiero confesar, acá entre nos, que dejando el asunto de los terrenos de lado (total que tanto son unas tierritas rascuaches), que soy de los que opino que debe haber competencia electoral. Según yo no estamos ya a estas altura para elecciones ganadas de antemano, ni cheques en blanco para ninguno. También considero que la gente debe elegir a sus gobernantes, corriendo el riesgo de que la gente acierte o se equivoque en sus decisiones. Los riesgos de la democracia, ya se sabe.
Total que siempre he admitido, con pena pero con resignación, que en este país y en todos en los que los gobernantes son designados por voto popular, que la gente tiene el gobierno que se merece. No están las cosas para ponernos a exigir que nos gobierne Valéry Giscard dEstaing o el mismísimo Rey Salomón.
Agustín Lascazas