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De política y cosas peores
22/05/2012 09:46 (-6 GTM)
Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, era machista, igual que todos los sujetos ruines y desconsiderados. Leyó no sé dónde unos raros versillos en inglés; se apresuró a copiarlos, y los traía siempre en su cartera para leérselos a sus amigotes. Decían así los tales versos: «... `Woman’ has a `man’ in it. / `Mrs.’ has `Mr’ in it. / `Female’ has a `male’ in it. / `Madam’ has `Adam’ in it. / So girls without boys / are clearly incomplete...». No hago la traducción de esa inane chocarrería por falta de espacio y tiempo, pero sobre todo porque estoy en desacuerdo con su contenido. (También estoy en desacuerdo con el contenido de «La Gerusalemme liberata», de Torquato Tasso: por eso tampoco la he traducido). El caso es que Capronio se hallaba en una cantina de mala muerte -y de peor vida- libando con sus contlapaches, y surgió una cuestión propia de borrachos. Entre los ebrios surgen cuestiones de todo orden y desorden. Nada menos este último domingo fui despertado a las 2 de la mañana por una llamada telefónica. El que llamaba era un sujeto en imperfecto estado de embriaguez. Con tartajosa voz me pidió resolver una disputa que en ese momento libraba con sus compañeros de parranda. El sostenía que mi seudónimo, Catón, hace alusión a Catón el Censor, en tanto que los otros opinaban que alude a Catón de Utica. ¡Hágame usted el refabrón cavor! ¡Ser sacado del sueño por una necedad así! Le respondí con la mayor amabilidad que pude: «Francamente, señor, no lo sé». Y decía la verdad, pues el tal remoquete no lo escogí yo: me lo asestó el director del primer periódico para el que trabajé. Yo nunca habría elegido un nombre así: la severidad y aspereza catonianas no van con mi talante, proclive a la tolerancia, la benevolencia y la longanimidad, si bien no necesariamente en ese orden. Además muchas palabras castellanas terminadas en -ón tienen connotaciones indeseables, y se prestan a rimas muy incómodas. Me he resignado cristianamente a ser llamado así, Catón, porque más gente me conoce por ese nombre que por el mío propio, pero me habría gustado llevar otro apelativo menos adusto y sonoroso. Advierto, sin embargo, que me estoy apartando del relato. La cuestión que surgió entre Capronio y sus compinches era ésta: «¿Qué es lo peor que le sucede a un hombre que decide someterse a una intervención quirúrgica para convertirse en mujer?». Dijo uno: «Lo peor es que le cortan la ésta». «No -opinó otro-. Lo peor es que le cortan los éstos». Y concluyó Capronio: «Ambos están equivocados. Lo peor que le sucede a un hombre que se convierte en mujer es que le cortan su sueldo a la mitad». ¡Cuán cierto es lo que dijo el tal Capronio! La verdad es la verdad, dígala quien la diga. En pleno siglo (el columnista consulta el calendario, y luego continúa) veintiuno la mujer sigue siendo objeto de formas sutiles de discriminación, a veces ni siquiera tan sutiles. Incluso el lenguaje cotidiano refleja ese sexismo del cual a veces nos hacemos cómplices sin siquiera apercibirnos de ello. Es bien conocido el análisis de numerosos vocablos que en género masculino son admirativos, y denigrativos en el femenino. Veamos algunos ejemplos. Aventurero es un hombre arriesgado; aventurera es una prostituta. Zorro es un hombre astuto; zorra es una prostituta. Hombre público es un personaje; mujer pública es una prostituta. Uno cualquiera es éste o aquél; una cualquiera es una prostituta. Y así hasta el cansancio. El humorismo universal es misógino, igual que muchas religiones, lo mismo que el refranero de la mayor parte de los pueblos. Superemos esa actitud machista. Es, además de injusta, irracional... (Mi esposa termina de dictarme todo lo anterior y luego me dice: «Ahora, si quieres, cuenta un chascarrillo final y en seguida despídete». Obedezco)... Un cierto ejecutivo le envió a su ex-esposa, de quien acababa de divorciarse, este burlón mensaje: «Posiblemente lo has olvidado, pero hoy cumplo 65 años. Y aquí me tienes, en Cancún, disfrutando la fecha con una linda amiguita de 18 primaveras que me conseguí gracias a la libertad que te arranqué». Con otro mensaje respondió la señora: «Felicidades. Yo acabo de cumplir 60 años, y gracias al dinero que te arranqué estoy saliendo con un muchacho de 20. Sólo quiero recordarte que 65 no puede entrar ni una vez en 18, en tanto que 20 puede entrar tres veces en 60. Que te diviertas»... FIN.



Catón
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