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De política y cosas peores
30/04/2012 10:00 (-6 GTM)
Meñico Maldotado se casó, y fue a pasar su luna de miel en un hotel ecológico. Empezó la noche nupcial, y Maldotado dejó caer al pie del tálamo la bata que lo cubría. Lo mira al natural su flamante mujercita y exclama con disgusto: «¡Chin! ¡Y ni siquiera hay tele!»... Con el lunes regresa la política (con el lunes regresan muchos males). La política admite más combinaciones que el ajedrez o el adulterio en Francia. Lo digo porque pienso que a López Obrador no le conviene que Josefina se desplome. El candidato perredista sabe bien que los votos que pierda la candidata del PAN no irán hacia su causa, sino hacia la de Peña Nieto. Los panistas, en efecto, tienen más afinidades con el PRI que con el PRD, hasta el punto en que empieza a hablarse de una especie de pacto de altísimo nivel entre priístas y panistas a fin de asegurar la tranquilidad de Calderón cuando ya sea ex-presidente, a cambio de apoyos blanquiazules para beneficiar al candidato mexiquense. Eso explicaría movimientos tan extraños como el de la salida de Ramírez Acuña, pieza clave en la campaña de la candidata panista, enviado de repente a una embajada por el gobierno de la república, también en bajada. Lo que sucede es que el PRI y el PAN han acabado por ser la misma cosa, olvidada la ideología nacionalista y revolucionaria de aquél y olvidados también los principios éticos y democráticos de éste. Por eso me atrevo a aventurar que en el debate del 6 de mayo López Obrador no apuntará sus cañones hacia Josefina, aunque podría pensarse que debería hacerlo para desbancarla definitivamente del segundo lugar: sus andanadas irán contra Enrique Peña Nieto. Raro suceso sería ése, el del candidato perredista protegiendo a la candidata panista, pero creo que lo veremos. La política, vuelvo a decirlo, admite más combinaciones que el ajedrez o el adulterio en Francia... Hablando de adulterio, don Astasio llegó a su casa ayer y sorprendió a su esposa, doña Facilisa, en ilícita refocilación con un sujeto de baja condición social, a juzgar por las expresiones con que se dirigía a la señora en el curso de los eróticos meneos. Le decía entre resuellos, acezos, resoplidos y jadeos: «¡Yo soy tu prieto color de llanta, mamasota, y tú mi rin cromado!». ¿Podrá alguien imaginar vulgaridad mayor? ¿Qué habría dicho de esto la señora Vanderbilt, celosa guardiana de las buenas maneras? ¿Qué habría dicho el señor Carreño, adalid de la cortesanía y de la urbanidad? Y otra pregunta: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur? A la vista de aquella escena insoportable don Astasio salió de la alcoba donde tenía lugar el inmoral connubio, colgó en su percha el sombrero y la bufanda, y fue luego al chifonier donde guardaba la libreta en la cual anotaba inris para decirlos a su esposa cuando la sorprendiera makin’ whooppee, o sea en coición adulterina. Volvió a la recámara y le dijo: «¡Cuchufante!». Ese raro voquible lo encontró don Astasio en el indispensable «Diccionario de Mejicanismos» del señor Santamaría. Afirma el ilustre filólogo que tal término, usado para nombrar al «Amorcito; un querer; querido o querido; amasio o amasia», es «propio de los norteños del país». La verdad, yo nunca he oído esa palabra, y eso que soy norteño. Pero también hay otras que nunca he escuchado por acá, como «frangle», «lúcumo» o «patografía», lo cual no significa que las citadas voces no existan. Doña Facilisa se oyó llamar así, cuchufante, y amonestó, severa, a su consorte. «Astasio -le dijo-, no hagas escenas delante de la visita. Las conveniencias ante todo». El mitrado marido farfulló una disculpa y salió de la alcoba cerrando la puerta tras de sí a fin de no oír ya los jadeos y mamasotas del plebeyo visitante. Mientras se preparaba un té de tila para amenguar los efectos del disgusto pensaba en su culpable acción, aquella de haberle hecho una escena a su mujer en la presencia de su amigo. En adelante, se prometió, sería más cuidadoso. Su esposa tenía sobra de razón: las conveniencias ante todo... Un tipo le dijo a otro: «Anoche vi a tu esposa en una despedida de soltero». «No es posible -se conturbó el otro-. Me dijo que iba a visitar a su mamá». Insiste el primero: «Estoy seguro de que era ella». Pregunta el marido: «A ver: ¿de qué color era el vestido que llevaba?». Contesta el amigo: «No lo sé. Me salí antes de que se vistiera»... FIN.



Catón
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Increíble robo de una vaca