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De política y cosas peores
18/04/2012 09:55 (-6 GTM)
El maestro de ceremonias del «Neptuno», cabaret de rompe y rasga, anunció con sonorosa voz la variedad que dicho establecimiento iba a presentar esa noche: «¡Pernona, la mulata de fuego! ¡Kooly-Na, directamente desempacada de Hawai! ¡Shishona, triunfadora de Las Vegas! Y, si hay ocasión para eso, ¡¡¡el fabuloso Show del Pingüino!!!». Un borrachín tartajeó desde su mesa: «Yo quiero ver el Show del Pingüino». Repitió el locutor: «Lo ofreceremos si hay ocasión para eso». Empezó el espectáculo. Salió Pernona. Y el briago, necio: «¡Quiero el Show del Pingüino!». Siguió la actuación de Kooly-Na. Y el beodo, gritando: «¡El Show del Pingüino! ¡El Show del Pingüino!». Apareció en escena la Shishona. Y el temulento, a voz en cuello: «¡Quiero el Show del Pingüino!». El maestro de ceremonias fue hacia él y le dijo: «¿De veras quiere usted ver el Show del Pingüino?». «Sí» -respondió el borracho con la elocuencia propia de quien está poseído por los espíritus de Gay-Lussac-. «Suba al escenario» -le pidió el locutor-. El ebrio trepó dificultosamente al foro. «Bájese los pantalones» -le ordenó el otro-. El briago, algo desconcertado, pero terco en su demanda, obedeció ante el regocijo del respetable público. «Ahora -lo instruye el locutor- trate de alcanzar a Shishona». El borracho, con movimientos entorpecidos por el pantalón que llevaba en los tobillos, avanzó hacia la vedette con chistosos pasitos al compás de una música chocarrera. «¡Señoras y señores! -se dirigió entonces el locutor al público-. ¡El Show del Pingüino!»... Rosibel le preguntó a su amiga Perfidina: «Me dicen que tu ex-esposo quedó arruinado. ¿Cómo fue que perdió todos sus bienes?». «Celos» -contestó lacónicamente la otra-. «¿Celos?» -se sorprendió Rosibel-. «Sí -explica con aviesa sonrisa Perfidina-. Se los quité»... Don Jenizario, el gendarme del pueblo, pasó frente a la casa de Babalucas y vio por la ventana que el hombre le estaba dando unas fuertes nalgadas a su hijo. «¡Don Babalucas! -le llamó la atención el gendarme-. ¿Por qué maltrata a su hijo en tan cruel forma?». «Permítame explicarle, Jenizario -respondió Babalucas-. Sucede que tengo varios meses estudiando guitarra. El niño le dio vuelta a una de las clavijas de la guitarra, y la desafinó». «¿Y sólo por eso maltrata a la criatura en tan cruel forma? -le reprochó el policía-. ¿Con ese rigor draconiano lo castiga porque le desafinó una cuerda de la guitarra?». Explica Babalucas con enojo: «¡Es que se niega a decirme cuál es la cuerda que me desafinó!»... Siempre he leído la revista «SIEMPRE!» Desde su fundación, y hasta la fecha sus páginas han sido testimonio de nuestra vida nacional, defensa apasionada de las mejores causas mexicanas. Don José Pagés Llergo, el legendario «Jefe Pagés», hizo de esa publicación una elevadísima tribuna. Bajo la dirección de Beatriz Pagés Rebollar, su hija, mujer talentosa e igualmente apasionada por México y por lo mexicano, la revista ha mantenido su noble tradición. Así, mis cuatro lectores entenderán por qué sentí tanta emoción, y tanta gratitud, cuando Beatriz me llamó por teléfono para decirme que un jurado me escogió para recibir el Premio de Comunicación «José Pagés Llergo», en el renglón de Crónica. Tener una presea que lleva el nombre de ese gran Quijote del periodismo es una consagración, aunque en mi caso, de sobra está decirlo, sea inmerecida. Esa falta de méritos me lleva a dar las gracias al estado de Tabasco, tierra líquida que tanto quiero -ahí, en el suelo natal de Pagés Llergo, tiene su sede la presea-, a su gobierno y a su gente, y a quienes mostraron tanta generosidad al acordar para mí ese premio que tanto y tan grande honor confiere a quien lo recibe. La feliz ocasión, que tanto me sorprendió y que me me enorgullece tanto, me sirve para expresar una vez más mi afecto y mi admiración a Beatriz Pagés, cuya labor ha sido siempre en bien bien de México. Aunque ciertamente no he hecho nada para ser acreedor del premio que lleva el nombre de su ilustre padre, le prometo a esta gentil dama que me esforzaré para justificar ese honor, uno los mayores que en mi vida he recibido, y que ahora agradezco aquí, aturrullado todavía... Un imprudente jovenzuelo le dijo en una fiesta al señor de adusto aspecto: «Mire usted a aquellas dos mujeres. ¡Qué feas son! Yo no me las echaría ni aunque me pagaran». Gruñó el señor con tono amenazante: «Son mis hermanas». De inmediato se corrigió el galancete. «Entonces sí me las echo, señor -dijo con premura-. Y gratis»... FIN.



Catón
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Increíble robo de una vaca