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De política y cosas peores
19/03/2012 09:28 (-6 GTM)
«Compadre: si le hiciera yo el amor a su esposa ¿eso nos haría estar emparentados?». Tan insólita pregunta le hizo un tipo a otro. Respondió el interrogado: «No sé, compadre. Pero de una cosa estoy seguro: nos haría estar empatados»... Un sacerdote católico y un rabino judío asistieron a una convención de ministros religiosos. Le dijo el rabino al sacerdote: «Jamás en mi vida he comido jamón». Le confió el sacerdote al rabino: «Jamás en mi vida he yacido con mujer». Después de hablar de ese vacío en sus respectivas existencias decidieron llenarlo: aprovechando que ahí nadie los conocía el rabino comería jamón, y el cura conocería mujer. Al día siguiente se reunieron a intercambiar sus experiencias. Manifestó el rabino: «Comí jamón». Confesó el sacerdote: «Estuve con mujer». Tras una pausa declara el rabino: «Es mejor que comer jamón ¿verdad?»... Aquella noche doña Frigidia se negó al débito conyugal. Siempre se negaba, pero en esa ocasión rechazó las caricias de don Frustracio, su marido, con particular vehemencia. Le dijo: «Para ti el sexo es diversión; para mí es trabajo». «¡Magnífico! -se alegró él-. ¡Entonces ordénale a la muchacha que venga a hacerlo!»... No sé si la señora Cassez es culpable o inocente. Pero sí sé que está en la cárcel. Existe la certidumbre de que Genaro García Luna es culpable. Y sin embargo está libre. ¿De qué es culpable, en mi opinión, ese señor tan poderoso, tan protegido por Felipe Calderón? Independientemente de los delitos que se le pudieran imputar -abuso de autoridad; privación ilegal de la libertad- dicho funcionario es culpable de una acción que él mismo ha reconocido, por la cual una persona fue cosificada. Cosificar a alguien es quitarle su dignidad, sus derechos de persona humana, y tratarlo como si fuese una cosa, un objeto. Eso es reprobable desde todos los puntos de vista, y constituye una grave falta que choca con cualquier legislación, con todo código de ética o moral. Si García Luna retuvo ilegalmente a aquella mujer, si la entregó luego a la televisión para que la utilizara en un torpe montaje mentiroso, faltó no sólo a su deber de funcionario, sino también a su integridad humana. La violencia que habría ejercido sería peor que la del sujeto que injurió y golpeó a un empleado del edificio en que vivía, y que suscitó, justificadamente, la indignación y condena de la sociedad. Ese individuo actuó bajo el influjo de la cólera. El funcionario, en cambio, que sigue gozando de su cargo y de la consideración oficial, habría actuado en forma calculada a efecto de congraciarse con los Medios y para obtener lucimiento personal. (Dicho sea entre paréntesis, quienes participaron en el montaje y lo trasmitieron tienen también parte en esa indignidad, si actuaron a sabiendas del engaño que se estaba perpetrando). Sea cual fuere el resultado final de este caso, crucial para saber si vivimos en un Estado de Derecho o no, la justicia debe volver los ojos a quien, obligado a hacer cumplir la ley, se apartó en forma evidente de ella, según muestran todos los indicios, a pesar de lo cual no sólo disfruta de total impunidad, sino ha sido encargado de velar por la seguridad de los mexicanos. Si eso no es una aberración, que alguien me diga qué es... «Soy masoquista -le contó un tipo a otro-. Me gusta que las mujeres me insulten y golpeen en el curso del acto del amor». Comenta el otro: «Debe salirte muy cara esa afición sexual». «Ni tanto -replica el masoquista-. Voy a una casa de mala nota y contrato a una sexoservidora. En medio de la acción le digo de repente que no traigo dinero, y que no le voy a pagar. Luego me dedico a disfrutar gratuitamente mi masoquismo»... Don Chinguetas acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna. Le informó que se había insolado en la playa, y que no podía ni siquiera soportar el roce de la ropa. Prescribió el célebre galeno: «Tómese una pastilla de Viagra y tiéndase en su cama desnudo». Preguntó, estupefacto, don Chinguetas: «¿El Viagra alivia la insolación?». «No -respondió el facultativo-. Pero con eso evitará el roce de las sábanas»... (No le entendí)... FIN.



Catón
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Increíble robo de una vaca