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De política y cosas peores
20/01/2012 09:31 (-6 GTM)
Este es el cuento llamado «Historia de un Escroto». Al terminar el servicio dominical el reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a condición de que sea lo más discreto posible) preguntó a los feligreses si querían compartir con la congregación algún testimonio personal. Una señora se puso en pie y manifestó: «Mi marido sufrió un accidente, y recibió un terrible golpe que le rompió el escroto». Al oír aquello todos los hombres presentes, incluido el pastor Fages, se estremecieron, pues el escroto es la bolsa formada por la piel que cubre los testículos. «Llevaron a mi esposo al hospital -prosiguió la señora-, y ahí le cortaron con unas grandes tijeras la parte del escroto que había quedado más dañada». El sudor empezó a perlar la frente de los varones. «Luego -continuó la esposa- le pusieron en el escroto una varilla metálica, para asegurárselo». Temblaban los señores al escuchar aquellos detalles tan espeluznantes. «Después -añadió la mujer- le colocaron en el escroto una placa metálica para protegerlo de los golpes». Los varones estaban azorados. «Por último -finalizó la esposa- le cosieron el escroto con unos alambres de metal que deberá llevar por el resto de sus días». Los hombres, espantados al escuchar aquella terrible relación, compadecían al infeliz que había sufrido todos esos dolores y penalidades en tan sensible parte de su anatomía. Concluyó la señora: «Quiero darle gracias a Dios, hermanas y hermanos, porque mi marido quedó bien del escroto, aunque, la verdad, cuando le pongo en él la mano -y se la pongo a cada rato- le siento el escroto duro y frío». Tras dar su testimonio la mujer volvió a su lugar seguida por el hondo silencio de la feligresía. Repuesto del azoro que le causó el relato tremebundo, preguntó el reverendo Rocko Fages: «¿Alguien más desea decir algo?». «Yo -se levanta el marido de la señora-. Sólo quiero aclararle a mi esposa, y a la concurrencia en general, que la palabra no es `escroto’. Es `esternón’»... Armando Javier Guerra, amigo mío desde la más temprana juventud, gran promotor de la cultura y conversador ameno, narra una anécdota sabrosa. Conocía él, y trataba mucho, a doña Sara García, la querida abuelita del cine nacional. Un día la visitó en su casa y le preguntó: «¿Cómo está, doña Sara?». «¡Ay, Armandito! -respondió ella con lamentoso acento-. Tengo un dolor terrible de cabeza que no me deja ni de día de noche. A causa de esa jaqueca continuada sufro de insomnio y depresiones, y las cosas se me olvidan. Se me está cayendo el pelo, quién sabe por qué será. Con este ojo ya no veo nada, y con este otro miro nomás una lucecita. Seguramente dentro de poco estaré ciega. Casi no oigo; me tienen qué gritar. Padezco una sinusitis espantosa. Sólo puedo comer papillas, porque la dentadura postiza ya no se me acomoda, y traigo las encías todas laceradas. Una tremenda laringitis no me permite hablar. Me duelen los pulmones: dice el doctor que posiblemente sea una neumonía, cuando no tisis galopante. Tengo gastritis crónica, divertículos, úlceras estomacales y duodenales. Los riñones y la vejiga no me funcionan bien. Ya no digiero los alimentos. Padezco de colitis. No puedo doblar los dedos -mira- por culpa de la artritis. Apenas me puedo sostener en pie, porque las piernas se me doblan. Para colmo los pies se me hinchan siempre, pues tengo problemas graves de circulación». Así dijo Sarita, quejumbrosa. Y luego añadió: «Pero fuera de eso estoy muy bien». Algo semejante podemos decir los mexicanos. Sufrimos todos los males que derivan de la pobreza, la falta de empleos, la desocupación, el abandono del campo, la inseguridad, la violencia, la corrupción, la impunidad, la politiquería, el burocratismo, la dependencia, el mal sindicalismo, la falta de calidad educativa, la voracidad de los partidos políticos, el desprestigio del país en el extranjero, la ausencia de competitividad, los monopolios públicos y privados, la ilegalidad y otros cien malos etcéteras más. Pero fuera de eso estamos muy bien... FIN.



Catón
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