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La economía en el casino
18/10/2008 12:28 (-6 GTM)
Si bien es de buena educación no vanagloriarse y mostrarse modesto, en ocasiones vale la pena presumir logros, no le aunque sean ajenos; como en este caso cuando el principal mentor en temas económicos globales de este analista, Paul Krugman ha sido nombrado Premio Nobel de Economía, lo que me coloca en la posición más cercana de mi vida a un auténtico ganador. Pero dentro de la euforia, las malas noticias en materia financiera se siguen sucediendo, sin embargo lo peor lo representan los analistas banqueteros que han salido a echar de su ronco pecho y repetir, frecuentemente empeoradas, las tonterías previamente pronunciadas por otro experto indocumentado; tales como «la economía-casino» como representación del funcionar de los mercados financieros globales. El término suena tan contundente y convincente que se ha repetido, ampliado y adoptado como explicativo de la actual situación, lo malo es que es una supina tontera.
Como todo viajero frecuente a Las Vegas sabe, incluyendo a los modestos asistentes al Casino de la Feria, el primer mandamiento en un casino es «la casa siempre gana» o sea, los jugadores siempre pierden, bien puede presentarse una buena racha y retirarse con ganancias, pero si se insiste, la pérdida está asegurada. Por el contrario, gracias a la magia de la ingeniería financiera se inventó una quimera que aseguraba que siempre todos ganaban: los «derivados financieros». Uno de los preceptos de Perogrullo de las finanzas es que el riesgo va de la mano de la ganancia; si no se desea correr riesgo en una inversión, las ganancias siempre serán menores, buscando mayor rentabilidad, se debe jugar con riesgo. Contra esta obviedad, se construyeron los derivados, que a un bajo riesgo unían alta rentabilidad, obras maestras de la ingeniería financiera.
En su esqueleto estaban operaciones de la economía real: préstamos hipotecarios que se subdividían y se incorporaban a bonos para inversión, donde quien los adquiría ganaba en la medida que el deudor original iba pagando su casa; para mayor seguridad, los bonos se vendían con un seguro adicional, donde una aseguradora pagaría si el deudor fallaba, cobrando por esto una prima por el riesgo asumido. La aseguradora, a su vez, para protegerse compraba un reaseguro a otra empresa, pagando también sus primas por el riesgo; armándose también bonos sobre estos seguros que daban rentabilidad mientras no se rompiera la cadena de solvencia. Como se ha escrito, el hilo se rompió por lo más delgado cuando los malos pagadores empezaron a no cubrir sus hipotecas; pero en realidad el esquema era insostenible: con base en hipotecas pactadas a un 5% anual o incluso menores tasas, era irreal ofrecer rentabilidades del 15%, como los genios de las finanzas decían, la catástrofe llegó cuando muchos les creyeron. El parangón es un tanto burdo, pero los derivados equivaldrían a esas «pirámides» que de tanto en tanto defraudan a inversionistas de buena fe pero escasos conocimientos, aunque en este caso replicado a escala global.
Desde que empezaron a generalizarse estas operaciones, se levantaron voces de expertos, (Buffet, Soros y Krugam entre otros) señalando sus riesgos y demandando que en consecuencia se ejerciera una vigilancia y regulación de parte de las autoridades financieras, principalmente de EUA donde éstos se iniciaron. En contra empero, se levantó la decisión de la Reserva Federal y el Tesoro norteamericanos de permitir que el mercado se «autorregulara» con base en una visión ideológica que no deja de tener algún sentido. En principio, se suponía, nadie quiere perder su dinero, ergo todos conocen y calculan el riesgo de sus inversiones; nadie medianamente cuerdo juega toda su fortuna a un giro de la ruleta, en consecuencia los inversionistas, gente precavida se documentan exhaustivamente antes de decidir poner su dinero en la mesa, un regulador saldría en esas condiciones sobrando y hasta estorbaría. Lo malo fue que, sólo los expertos en modelización matemática que los diseñaron, sabían realmente qué «contenían» y cuál era el riesgo de los derivados. Esta vez, los nuevos «bolseados» no saben ni el número del camión que los atropelló.
Volviendo a la analogía del «casino», en éstos las pérdidas de unos son siempre las ganancias de otros; en la crisis actual las pérdidas son de todos, nadie está ganando, al menos en el sentido tradicional. Los inversionistas de la bolsa de Wall Street, por ejemplo, están perdiendo más del 40% del valor de sus acciones a partir de su máximo hace un año, pérdida que se estima en más de tres billones de dólares (o sea millones de millones, a los que los gringos llaman «trillones») y lo que es peor, ese dinero no se fue a las bolsas de nadie, la pérdida es total. Lo menos malo, es que en contraste, aunque la esfera financiera perdió, la economía real norteamericana aún creció un poco: menos del 2% en ese periodo.
Buscando quien pague los platos rotos, las baterías mediáticas se han enderezado hacia los directivos de las financieras, quienes armaron el tinglado y pese a la catástrofe, se asignaron jugosos «retiros» del orden de cientos de millones de dólares, estableciéndose de hecho en el paquete de rescate norteamericano normas sobre el máximo a pagar a ejecutivos. Empero, esta tendencia no es nueva, hace rato que se ha apuntado hacia los «nuevos dueños del capital», las altas directivas de los conglomerados, quienes sin poseer realmente las empresas, obtienen mayores beneficios que los propios accionistas; siendo sonado el caso de una empresa automotriz que contrató a un alto costo a un ejecutivo para «rescatarla», despedido años después ante la ausencia de resultados, pero que en su liquidación se llevó de nuevo una millonada, mientras que los propietarios-accionistas de la empresa, no recibieron un centavo de dividendos y sí, una depreciación de sus acciones. Paradojas del poscapitalismo.
En estos momentos nadie puede con certeza pronosticar cuál será la evolución de la crisis, basta que los mercados den buenos resultados unos días y se respire con alivio para a continuación tengan nuevas caídas, como también está sucediendo con el peso, que recupera valor un día y dos después vuelve a perder. Tal vez el pesimismo de «espere lo peor» sea la mejor estrategia personal de autodefensa, aunque personalmente más me preocupan las declaraciones de políticos de todos colores saliendo a demostrar su «conocimiento» de la materia, sembrando de paso terribles ideas que sólo pueden complicar el panorama, como el retomar el control de cambios o la «regulación» del mercado de derivados; que en este caso en particular no percibo cómo pueden pretender regular lo que ni siquiera entienden; por lo que su regulación seguramente sería otra «arma de destrucción masiva financiera», que nunca deben dejarse al alcance de los niños y muchísimo menos de los políticos mexicanos.



RAFAEL MENDOZA TORO
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